Oficialmente el temible virus Covid-19 no ha osado profanar el suelo patrio. La Organización Mundial de la Salud advierte que la afección podría alcanzar eventualmente el grado de pandemia. Nuestra inmunidad no está garantizada.

La enfermedad saltó la muralla china en tres meses. Desde los primeros días de diciembre, cuando se detectaron los primeros casos en Wuhan, provincia de Hubei, se expandió por 30 países; sus víctimas rebasan dos millares de personas.

Su letalidad es mayor en la dinámica económica. Los mercados financieros han tenido jornadas negras. Las bolsas de valores del mundo se han desplomado. México se infectó de inmediato, el precio de la mezcla de petróleo bajó y el peso se ha devaluado ligeramente.

Si la expansión de la enfermedad no se frena y la epidemia no remite, los pronósticos para la actividad económica y el comercio son muy pesimistas. Expertos consideran que dado el papel determinante de China en las cadenas de suministro y en los intercambios internacionales, se agravará la ralentización de la economía global, lo cual, a querer o no, debilitará a la ya muy maltratada economía mexicana.

Ayer el Inegi informó sobre la severa contracción de la economía en 2019: acumuló dos trimestres consecutivos en caída, el sector industrial está por los suelos. Ha sido el peor del decenio.

Lo anterior configura un escenario nacional muy difícil; no obstante que el Covid-19 no se ha presentado en México, sus perniciosos daños colaterales ya nos alcanzaron.

Este acelerado deterioro de las condiciones internas y del entorno externo encuentra al gobierno y la sociedad mexicana sin suficiente cohesión para enfrentarlos. El sistema de salud se encuentra desarticulado, desabastecido, malhumorado; extraviado entre el desahuciado modelo del seguro popular y el mítico paraíso del Insabi; ¿cómo responderá en caso de una emergencia por Coronavirus? Y la economía, ya engarrotada por la desconfianza y múltiples equívocos, ¿con qué elementos de fortaleza cuenta para transitar exitosamente por una severa crisis internacional?

En circunstancias semejantes, los países hacen esfuerzos para que la solidaridad y el espíritu de unidad permitan desarrollar respuestas eficaces. Esto implica que los liderazgos políticos, sociales, académicos, religiosos, depongan todo afán de aniquilación o aprovechamiento sectario de la coyuntura.

El principio revolucionario bolchevique: “mientras peor, mejor” azuza la polarización demagógica, radicaliza las contradicciones, así, al agravarse la situación surgen condiciones favorables que despejan el camino a la facción más extremista y violenta para asaltar el poder.

En estos tiempos, por tantos motivos difíciles y dolorosos, debemos anticiparnos a las urgencias de una pandemia y a sus consecuencias económicas creando un clima positivo; fortalecer la pluralidad, el diálogo, reforzar a las instituciones que dan confianza y propician consenso. Para superar los desafíos se requieren proyectos que convenzan, no ocurrencias impuestas mediante la extorsión política. Es hora de cambiar el discurso y las actitudes de todos los liderazgos.

Es oportuno recordar la frase del estadista, Winston Churchill, al asumir como Primer Ministro, en horas aciagas de la Segunda Guerra Mundial. Convocó a su pueblo a enfrentar el incontenible avance de los nazis: “No tengo nada que ofrecer, sino sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas”. Sus compatriotas respondieron y triunfaron.

Los ingleses sabían que al superar tan colosal prueba su libertad estaba asegurada, su democracia pluralista se habría salvado. Nadie habría estado dispuesto a asumir con heroísmo el llamado de Churchill si tras sus palabras estuviera la sombra de un futuro dominado por el autoritarismo y la edificación de un régimen demagógico y ruinoso.

México necesita estadistas, no agitadores.


Analista Político. @lf_bravomena

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