México no es un país en crisis. Tampoco es un país exitoso. Y ahí radica el problema.
Durante las últimas décadas, la economía mexicana ha crecido lo suficiente para evitar el colapso, mantener estabilidad macroeconómica relativa y sostener un flujo constante de inversión y exportaciones. Pero no ha crecido lo necesario para transformarse, cerrar brechas estructurales ni converger de manera sostenida con las economías desarrolladas. Ese punto intermedio, incómodo pero funcional, se ha convertido en una trampa.
El crecimiento promedio de 2 a 3% anual ha sido suficiente para no alarmar, pero insuficiente para elevar de manera significativa el ingreso per cápita, la productividad y el bienestar. México exporta más que nunca, atrae inversión extranjera directa y participa activamente en cadenas globales de valor, pero sigue atrapado en un modelo de bajo valor agregado, salarios contenidos y escasa innovación. El riesgo del “crecimiento suficiente” no es económico, sino estratégico. Anestesia la urgencia de cambiar. Reduce el costo político de postergar reformas profundas. Permite administrar el presente sin construir el futuro.
Los datos son claros. La productividad total de los factores lleva décadas prácticamente estancada. El crecimiento del ingreso per cápita es modesto cuando se ajusta por población. La inversión en investigación y desarrollo sigue siendo marginal frente a economías que sí lograron dar el salto. La educación no genera el volumen ni la calidad de talento que demanda una economía basada en conocimiento. Y el Estado de derecho continúa siendo una variable incierta para la inversión de largo plazo.
México ha confundido crecimiento con desarrollo. Crecer es producir más; desarrollarse es producir mejor. Crecer es atraer capital; desarrollarse es generar capacidades propias. Crecer es integrarse a cadenas globales; desarrollarse es escalar dentro de ellas.
La comparación internacional es incómoda, pero necesaria. Países como Singapur y Korea del Sur, que hace 40 años tenían niveles de ingreso similares al nuestro, tomaron decisiones distintas: apostaron por capital humano, por tecnología, por instituciones, por política industrial moderna y por una visión de largo plazo. México, en cambio, optó por administrar ventajas comparativas sin transformarlas en ventajas competitivas.
Hoy el nearshoring representa una oportunidad real, pero también un espejo. Sin una estrategia deliberada para desarrollar talento, infraestructura energética confiable, certidumbre regulatoria y encadenamientos productivos nacionales, esta ola puede convertirse en otra versión del mismo modelo: más volumen, poco valor.
El problema no es que México crezca poco. El problema es que ha aprendido a conformarse con crecer “lo suficiente”. Suficiente para no reformar el sistema educativo de fondo. Suficiente para no invertir decididamente en innovación. Suficiente para no fortalecer instituciones clave. Suficiente para no incomodar intereses.
En el mundo empresarial, ninguna organización líder se conforma con no quebrar. Aspira a escalar, diferenciarse y crear valor sostenible. Los países no deberían pensar distinto.
Romper la trampa del crecimiento suficiente exige recuperar ambición estratégica. Pensar en horizontes de 20 o 30 años. Alinear política pública, inversión privada y capital humano alrededor de objetivos claros. Entender que la estabilidad sin transformación es solo una pausa prolongada.
Porque el verdadero riesgo para México no es crecer poco. Es acostumbrarse a que eso sea suficiente.
@LuisEDuran2

