En economía existen activos visibles, infraestructura, capital, empleo, y otros invisibles pero determinantes. La credibilidad pertenece a esta segunda categoría. No aparece en las cuentas nacionales, pero condiciona el crecimiento, el costo del capital y la profundidad de la inversión. Cuando se debilita, toda la economía se vuelve más incierta y más cara.
El economista italiano Guido Tabellini, ex rector de la Universidad Bocconi y uno de los principales teóricos de la economía política moderna, desarrolló una idea central: el crecimiento sostenido no depende únicamente de políticas correctas, sino de instituciones creíbles. En sus estudios sobre reglas, incentivos y gobernanza, especialmente en su trabajo sobre cultura e instituciones con Alberto Alesina, Tabellini mostró que cuando los agentes económicos dudan de la consistencia de las decisiones públicas, ajustan inmediatamente su comportamiento: invierten menos, demandan mayor prima de riesgo y acortan sus horizontes de planeación.
En otras palabras, cuando la credibilidad desaparece, el futuro se vuelve demasiado incierto para comprometer capital. Los datos respaldan esta tesis. El Banco Mundial, a través de sus indicadores de gobernanza, ha mostrado que los países con instituciones más confiables presentan niveles de ingreso per cápita hasta tres veces superiores a los de economías con baja calidad institucional. La OCDE estima que una mejora de un punto en indicadores de gobernanza puede incrementar la inversión extranjera directa entre 15% y 20%. A su vez, estudios del FMI sugieren que economías con mayor credibilidad institucional pagan hasta 100 puntos base menos en financiamiento soberano.
Los ejemplos históricos son contundentes. En los años noventa, Nueva Zelanda emprendió una profunda reforma institucional que fortaleció la independencia de su banco central y la disciplina fiscal. El resultado fue una caída drástica en la inflación y un aumento sostenido en la inversión extranjera. Irlanda, que en los ochenta enfrentaba una grave crisis fiscal, reconstruyó credibilidad mediante reglas fiscales claras, apertura económica y una estrategia consistente de atracción de inversión tecnológica. Hoy su ingreso per cápita supera los 90 mil dólares, uno de los más altos del mundo, y alberga sedes europeas de empresas como Apple, Google y Microsoft. En Asia, Corea del Sur construyó credibilidad mediante estabilidad institucional, inversión masiva en educación y una estrategia industrial coherente. Entre 1960 y hoy, su ingreso per cápita pasó de menos de 1,000 dólares a más de 35,000, convirtiéndose en una potencia tecnológica global. Singapur, quizá el caso más emblemático, entendió desde su independencia que la confianza institucional sería su principal activo. Con un Estado eficiente, reglas claras y tolerancia cero a la corrupción, se transformó en uno de los principales centros financieros y logísticos del mundo.
Hoy, sin embargo, el contexto global muestra señales preocupantes. El orden económico internacional atraviesa una crisis de credibilidad. Tensiones geopolíticas, cambios abruptos en políticas comerciales y el resurgimiento de nacionalismos económicos han elevado la incertidumbre global. El FMI estima que el índice de incertidumbre económica mundial se mantiene alrededor de 40% por encima de su promedio histórico, mientras que el costo del financiamiento para economías emergentes ha aumentado más de 150 puntos base desde 2021.
En este entorno, la credibilidad se vuelve aún más valiosa. El capital global, estimado en más de 200 billones de dólares en activos financieros, busca entornos predecibles donde el riesgo institucional sea bajo y las reglas del juego estén claras. Para México, la credibilidad no es un concepto abstracto; es una variable de crecimiento. Países que compiten con México en manufactura avanzada, como Vietnam, Polonia o la República Checa, han logrado atraer volúmenes crecientes de inversión precisamente porque ofrecen marcos regulatorios predecibles y estrategias industriales consistentes. Vietnam, por ejemplo, multiplicó por cuatro sus exportaciones manufactureras en apenas quince años y hoy es uno de los principales centros de producción electrónica del mundo. Polonia, tras fortalecer su marco institucional y su integración europea, ha mantenido tasas de crecimiento superiores al promedio de la Unión Europea durante más de dos décadas.
México cuenta con ventajas extraordinarias: ubicación geográfica privilegiada, integración comercial con la mayor economía del mundo y una base industrial consolidada. Sin embargo, el desafío ya no es solo aprovechar estas ventajas, sino construir credibilidad estructural que permita capitalizarlas plenamente. Esto implica al menos tres dimensiones. Primero, certidumbre jurídica efectiva, condición indispensable para inversiones de largo plazo. Segundo, coherencia en la política económica, particularmente en sectores estratégicos como energía, comercio, competencia e innovación. Y tercero, capacidad institucional para ejecutar políticas públicas de largo plazo, algo que distingue a las economías que logran transformar oportunidades en desarrollo.
La credibilidad no se decreta; se construye lentamente y puede perderse rápidamente. En una economía global donde el capital es cada vez más móvil, este activo intangible se vuelve decisivo. México no necesita promesas más ambiciosas, sino señales más consistentes. Porque al final, el crecimiento no depende solo de cuánto invertimos, sino de cuánta confianza somos capaces de generar.
En la economía contemporánea, la credibilidad es la forma más sofisticada de política económica.
@LuisEDuran2

