A finales de 2026 se publicará una nueva edición de la prueba PISA de la OCDE. Sin embargo, más allá de la expectativa por los nuevos resultados, lo verdaderamente relevante es lo que ya sabemos, y lo que no hemos logrado cambiar.
México se mantiene entre los países con menor desempeño del organismo. Los datos más recientes lo colocan en el tercer lugar más bajo en matemáticas y comprensión lectora, y en el último lugar en ciencias. No es una anomalía estadística. Es una constante. Y como toda constante, ya debería preocuparnos más de lo que nos sorprende.
La educación suele abordarse como un tema social, pero su impacto es eminentemente económico. Theodore Schultz y Gary Becker lo plantearon con claridad: la inversión en capital humano es uno de los motores más poderosos del crecimiento de largo plazo. Décadas después, Eric Hanushek lo cuantificó: pequeñas mejoras en habilidades cognitivas pueden traducirse en incrementos significativos en el crecimiento del PIB per cápita.
No es solo un tema de escuelas. Es un tema de competitividad nacional. Los resultados de PISA no solo muestran quién está rezagado; también revelan quién tomó decisiones correctas hace décadas. Corea del Sur, Japón y Estonia, consistentemente entre los mejores, apostaron por sistemas exigentes, por la profesionalización docente y por una cultura que valora el aprendizaje. Hoy lideran sectores de alto valor agregado e innovación.
México enfrenta una paradoja: participa en una de las regiones económicas más dinámicas del mundo, se beneficia del nearshoring y tiene ventajas geográficas evidentes, pero su capital humano no acompaña esa oportunidad. La brecha no es geográfica. Es educativa. Quizá el mayor riesgo no es el bajo desempeño en sí mismo, sino su normalización. Cuando un país se acostumbra a estar en los últimos lugares, reduce sus expectativas. La mediocridad deja de ser excepción y se convierte en referencia. Las nuevas generaciones crecen con horizontes más limitados, no por falta de talento, sino por falta de entorno.
México no carece de diagnósticos. Sabemos qué funciona: evaluación docente continua, intervención temprana, autonomía escolar con rendición de cuentas, enfoque en habilidades analíticas y uso inteligente de tecnología.
El problema es la consistencia.
Las políticas educativas cambian con cada administración. Las reformas se diluyen. La educación, que requiere continuidad, queda atrapada en la lógica del corto plazo.
El rezago educativo no es neutral. Amplía la desigualdad, limita la movilidad social y reduce la productividad del país. En una economía que exige cada vez más habilidades, condena a millones de jóvenes a empleos de baja productividad.
Cada punto perdido en educación es crecimiento potencial que no ocurre.
A pesar del diagnóstico, México tiene una ventana de oportunidad. El reordenamiento de las cadenas productivas, la digitalización y la demanda de talento favorecen a los países que invierten en capital humano.
La educación puede ser el mayor multiplicador económico del país.
Pero requiere decisiones claras: priorizar calidad sobre cobertura, medir resultados con transparencia, blindar la política educativa del ciclo político, elevar el estándar del magisterio e involucrar al sector privado como aliado.
PISA no es solo una prueba. Es un espejo. Refleja no solo el nivel educativo de un país, sino su capacidad de construir futuro. México no necesita más diagnósticos. Necesita liderazgo, consistencia y ambición.
Porque en educación, como en los negocios, el costo de no actuar no es inmediato… pero es profundamente acumulativo. Y cuando finalmente se hace evidente, ya es demasiado tarde para recuperar el tiempo perdido.
@LuisEDuran2

