Hoy vivimos en un mundo donde la polarización de posiciones es de las más extremas que hemos vivido en las últimas generaciones. Pareciera que todo está sujeto a debate y el que gana no es el que tiene necesariamente los datos correctos, sino el que argumenta con más pasión su punto y con la ayuda de una audencia más receptiva. Ante una situación donde muchos temas importantes se debaten con poca información exacta, quizá valga la pena revisitar la diferencia entre un dato, una opinión o una creencia.

Primero que nada, un dato es verificable. Podemos determinar si es verdad investigando la evidencia. Esto puede implicar números, fechas o testimonios. Por poner un ejemplo: Según el Fondo Monetario Internacional, la economía global en el 2019 creció 3.5%. La verdad del dato está más allá de la discusión si se puede suponer que los dispositivos de medición o registros o memorias son correctos. Los datos proporcionan un apoyo crucial para la afirmación de un argumento. Sin embargo, los datos por sí mismos son inútiles a menos que los pongamos en contexto, saquemos conclusiones y, por lo tanto, les demos sentido. Por otro lado, una opinión es un juicio basado en hechos, un intento honesto de sacar una conclusión razonable de la evidencia de los datos. Por ejemplo: sabemos que millones de personas son vulnerables ante la crisis del COVID, por lo que se forma la opinión de que el país debe instituir un programa de vacunación nacional a pesar de que costaría mucho dinero.

Una opinión es potencialmente cambiante, dependiendo de cómo se interprete la evidencia. Por sí mismas, las opiniones tienen poco poder para convencer a menos que se esté hablando con alguien que ya está de acuerdo con nuestra opinión, sin importar los datos. Por eso, es muy importante que los que escribimos en los diarios, los que dan noticias por TV o internet, y, sobre todo, los líderes de opinión informemos a nuestra audiencia cuál es nuestra evidencia y cómo nos llevó a nuestra opinión. Finalmente, a diferencia de una opinión, una creencia es una convicción basada en la fe, la moral o los valores culturales o personales. Las declaraciones como “la pena de muerte es asesinato legalizado” a menudo se llaman “opiniones” porque expresan puntos de vista, pero no se basan en hechos, datos, u otras pruebas. No pueden ser refutados o cuestionados de una manera racional o lógica. Dado que las creencias son indiscutibles, no deberían servir como la tesis de un argumento formal.

Muchos hemos percibido cómo hoy en día es cada vez más difícil encontrar la capacidad de razonar o llegar a acuerdos con personas que tienen opiniones y creencias diferentes a las nuestras. Y es precisamente porque en este mundo polarizado, buscamos puntos de vista similares a los nuestros. Sin necesariamente poner mayor atención en los hechos o los datos. Es así que se llega a debatir temas que parecieran no debatibles porque nos refugiamos en nuestras creencias y opiniones. Nos gusta vivir en cajas de resonancia donde lo que pensamos y sentimos se valida y ratifica a cada momento.

Estas tendencias no son causalidad, muchos de nosotros vimos con preocupación el documental de Netflix “El dilema de las redes sociales”, donde algunos de los creadores de las redes sociales más importantes nos hablan de cómo están diseñadas precisamente para nutrir estas opiniones y hacernos sentir “bien”. Se nos está alimentando constantemente información basada en lo que buscamos en internet y las páginas que visitamos en redes sociales. Todo esto se vuelve una espiral de información imperfecta que únicamente valida lo que ya sabemos. El espacio para la curiosidad y búsqueda de información sin ideas preconcebidas es cada vez más reducido. En un mundo de por sí ya polarizado nada más peligroso que las opiniones y creencias que no están sustentadas en datos.

Ante esta tendencia debemos buscar como sociedad construir espacios propicios para el debate basado en hechos, diseñar sistemas de educación que refuercen la búsqueda de información sin ideas pre-fabricadas y edificar una cultura que resista debatir con creencias únicamente y sin información fidedigna de apoyo. Regresar a un sistema de formación cuyo eje central sea la búsqueda permanente de la verdad. Como decía el padre de la filosofía moderna, René Descartes: “Para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas”.

* Director General de Strategy Primus y Presidente de la Comisión Nacional de Educación de la COPARMEX, @LuisEDuran2

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