En estos días hemos recibido una cascada de información internacional que hemos visto en los últimos días, la abducción, sustracción o “secuestro”, como la llaman sus fanáticos, de Nicolás Maduro; los terremotos diplomáticos en Groenlandia o, en las últimas horas, el conflicto iraní. Sin embargo, hay demasiadas cosas que se nos están olvidando en el terreno nacional. Y una de ellas es de una gravedad que, en condiciones normales, habría provocado un terremoto político mayúsculo.
En el Senado de la República, Adán Augusto López, líder de Morena y presidente de la Junta de Coordinación Política, engordó una partida presupuestal opaca ¡en 11,000 por ciento! No es una exageración: el propio Senado documenta que el ll, “Transferencias, asignaciones, subsidios y otras ayudas”, pasó de 8 millones 69 mil pesos en 2024 a 894 millones de pesos en 2025, una bolsa que el coordinador morenista maneja con total libertad.
El tamaño del aumento es brutal. Pero lo más relevante no es sólo el monto, sino el tipo de dinero que crece. Mientras el Capítulo 4000 se dispara, otros rubros abiertos y verificables se vacían. La inversión pública quedó en ceros. Las inversiones financieras desaparecieron. El dinero no fue a infraestructura, ni a proyectos de largo plazo: fue a la bolsa más flexible, menos transparente y políticamente más útil.
Cuando el escándalo se volvió inocultable, vino la explicación oficial. Adán Augusto confirmó el aumento, pero lo atribuyó a “transferencias y ajustes contables”. Según su versión, 762.1 millones de pesos fueron trasladados del Capítulo 3000 al 4000, tras una modificación aprobada por el Consejo Nacional de Armonización Contable. A ese movimiento se sumaron apoyos al sindicato, incrementos por comisiones y donaciones por las inundaciones de octubre pasado.
El argumento es técnico. El problema es político. Porque el senador se le olvidó explicar cómo se va a transparentar el manejo de esa bolsa. Y no es un detalle menor: fuentes citadas por Reforma señalan que a través de este capítulo el coordinador de Morena otorga apoyos y estímulos a correligionarios, a legisladores del PT y del PVEM, e incluso a bancadas opositoras. Es decir: un instrumento de control político disfrazado de ajuste administrativo.
El contraste dentro de la propia 4T es revelador. Mientras Gerardo Fernández Noroña fue reducido al ridículo por un cuadro, condenado al ostracismo interno y convertido en figura prescindible, Adán Augusto mueve casi 900 millones de pesos sin perder poder, sin ser cuestionado y sin consecuencias. La diferencia es clara: uno hace ruido; el otro administra silencios. Uno estorba; el otro engrasa la maquinaria.
No es casualidad. Adán Augusto no es un senador más: es el enlace político del proyecto de Andrés Manuel López Obrador, el operador que mantiene cohesionada a la mayoría y el hombre que sabe dónde y cómo repartir. En ese contexto, la austeridad republicana deja de ser principio y se convierte en herramienta selectiva.
La llamada “partida secreta” no desapareció. Se recicló. Cambió de nombre, cambió de capítulo, pero conserva su esencia: discrecionalidad, opacidad y poder concentrado. Y mientras el país mira hacia afuera, el Senado volvió a tener un cochinito. Esta vez, bien alimentado y con un dueño que se ha salido con la suya.
De colofón.-
Leer hoy el “Discurso de Gettysburg” de Abraham Lincoln y, casi al mismo tiempo, el último mensaje público de Andrés Manuel López Obrador, me produce malestar. No por ideología, sino por registro moral.
Lincoln hablaba de la nación como una tarea frágil que solo puede sostenerse si los vivos están a la altura de sus muertos. En Gettysburg no hay causas que se justifiquen a sí mismas. Hay una exigencia: los caídos no han muerto para ser recordados, sino para obligar a los vivos a continuar una obra inconclusa.
En Lincoln, los muertos no legitiman al poder: lo comprometen. Su sacrificio no cierra la historia, la vuelve más grave. Los cuerpos enterrados no son un símbolo disponible, sino una carga moral que impide a los vivos mentirse sin consecuencias. El verdadero homenaje no es la palabra ni el monumento, sino actuar de tal modo que su muerte no haya sido en vano.
Gettysburg dice algo que incomoda: una nación no se mide por la pureza de sus intenciones, sino por lo que los vivos hacen en nombre de quienes ya no pueden hablar. Cuando la política convierte a los muertos en retórica y no en mandato, se rompe el vínculo ético que sostiene a la comunidad política.
Por eso el discurso de Lincoln sigue doliendo. Porque no absuelve a nadie. Porque no permite decir “la causa me justifica”. Porque recuerda que la democracia no se hereda: se responde. Y que esa respuesta siempre recae sobre los vivos.
@LuisCardenasMX

