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Vivian Maier: Fotógrafa callejera (Segunda parte y final)

Luis C. López Morton Z.

La entrega de la semana pasada la dediqué a una fotógrafa refugiada en el anonimato, Vivian Maier (1926-2009). Solo a partir de su deceso y poco a poco, la hemos ido descubriendo. Sin duda, es una poeta de la magia de lo cotidiano. En esta “segunda parte” continuamos intentando desentrañar sus misterios y extravagancias.

A todas las familias que sirvió de cuidadora les solicitaba que en la puerta de su recámara le colocaran una cerradura para que nadie entrara; de allí que todo mundo ignorara lo que guardaba: rollos y recortes de periódico en bolsas de plástico. Una de las familias que la emplearon la despidió por su sorprendente capacidad de acumulación de “chucherías”. Nadie tuvo acceso a las fotografías que hacía, pues era una mujer excéntrica, obstinada, intelectual y reservada al extremo.

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Para la década de los ochenta utilizó máquinas alemanas, una Leica IIIc y otras SLR (Single Lens Reflex). Y años más tarde resolvió el problema del resguardo de sus posesiones al rentar unos lockers –depósitos que estaban completamente saturados de cajas llenas de negativos, impresiones, periódicos, cámaras y objetos varios–. Padeció problemas económicos y serían justo los tres niños que cuidó durante cerca de dos décadas, quienes la ayudaron pagando el alquiler del pequeño apartamento que ocupaba. En 2007 se atrasó mucho en la renta de los lockers, situación que provocó que su contenido finalizara en la subasta de RPN para cubrir a la almacenadora las rentas atrasadas. Este fue el escenario de aparición de Maloof, donde realizó su primera compra. Al año siguiente, en una caminata por el centro de Chicago, tan genial artista de la lente resbala en una placa de hielo golpeándose la cabeza, y a pesar de que se esperaba una recuperación total, su salud se deterioró a pasos agigantados, lo que la forzó a mudarse a una casa de retiro, Oak Park Nursing Home, donde murió a los 83 años en 2009, dejando un verdadero rompecabezas con todas sus pertenencias para que alguien lo fuera armando.

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John Maloof crea un blog mostrando cerca de 100 fotografías de la obra de Vivian Maier. Nadie lo visitó en meses; posteriormente subió un debate en Flicker al grupo de la Sociedad Histórica del Noroeste de Chicago, y entonces la respuesta y el tráfico generados fueron abrumadores. A partir de ese momento se ha mantenido un ritmo sin tregua para archivar, preservar y promocionar su trabajo. En 2010, tanto Maloof como Goldstein, harán por su lado exposiciones y libros de las fotografías de Maier, convirtiéndola en una celebridad. En 2013 John Maloof y el productor, guionista y director de Hollywood Charles Siskel, produjeron Finding Vivian Maier (Encontrando a Vivian Maier), documental que obtuvo críticas muy positivas y prensa favorable, logrando la nominación para un Óscar de la Academia Cinematográfica. Al final lo ganaría Citizenfour, una película documental del 2014 dirigida por Laura Poitras que trata sobre Edward Snowden y las revelaciones sobre la red de vigilancia mundial; es la tercera parte de una trilogía que incluye My Country, My Country y The Oath. Con independencia del premio perdido, la taquilla de Finding Vivian Maier recaudó arriba de 2.2 millones de dólares.

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Maloof en un momento encuentra a un primo de Maier en Francia y le paga $5,000 dólares por los derechos de las imágenes, mientras en 2014 un abogado de Virginia, ávido fotógrafo, dice haber encontrado otro primo en Francia y pide a la Corte lo nombre heredero del legado de la fotógrafa. Como consecuencia de este diferendo el Cook County Public Administrator toma el caso y lo declara una herencia sin resolver. Dos años después, se alcanzó un acuerdo con Maloof fuera de juicio, lo que le permitió producir y exhibir el trabajo de la fotógrafa, conservando una cantidad (términos privados) de las ganancias y aportando el resto al Estado.

En 2017 la administración pública demandó a Jeffrey Goldstein, el otro poseedor de los negativos de Maier, la denuncia soporta que ilegalmente lucró con la comercialización de los trabajos de Maier, vendiendo ilegalmente sus 17,500 negativos a un dealer de Toronto, que a su vez los vendió a unos inversionistas suizos. La respuesta de Goldstein fue “prefiero cortarme las venas a asociarme con el Estado”. Los jaloneos continuarían, profundizando el misterio de quien murió intestada sin que el mundo supiera cuán formidable artista fue, esa novedad siempre vital que hoy conocemos y reconocemos.

Con la bendición del Estado, Maloof realiza en 2019 la segunda y última donación de la colección Vivian Maier a la Biblioteca de la Universidad de Chicago para preservarla y que pueda ser estudiada con propiedad. Los materiales clave son todas las impresiones que hizo la niñera poseídas por Maloof. Hay que tomar en cuenta que ella prácticamente no imprimió el conjunto de las fotografías que hizo a excepción de las que ya estaban en las cajas, por lo que nunca sabremos si las impresiones actuales serían del gusto de su creadora. Howard Greenberg quien comercializa la obra de Maier, haciendo reproducciones póstumas que se venden entre 5,000 y 6,000 dólares, imprime un solo tamaño en ediciones de tirajes cortos (15) y comenta que esto le da consistencia, valor y escasez a la producción de la muy talentosa y obsesiva fotógrafa, celosa de su intimidad y anonimato, que por azares del destino terminó en manos de John Maloof.

Para los interesados en Vivian Maier hay una gran cantidad de libros accesibles con sus fotografías, además del portal de su producción (http://www.vivianmaier.com/) y les recomiendo el documental Finding Vivian Maier, una pequeña joya (http://findingvivianmaier.com/).

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