Una colección de 101 Cartier

Luis C. López Morton Z.

La afición por el tiempo y sus desplazamientos en 101 relojes de la imaginería de Cartier. Varios de ellos pendules mystérieuses, esos brazos-manecillas que flotan a despecho de la gravedad. Atesorados durante décadas y remontándose varios de los ejemplares al mundo desenfadado de la Belle Époque y el Art Déco previo al estallido de la Primera Guerra Mundial. La sentencia latina: Horas non noto nisi lucidas (No cuento las horas si no son brillantes) aparece en la carátula de uno de ellos, que saldrán a subasta en línea por la Casa de Subastas Christie’s del 7 al 21 de julio.

Marie-Cécile Cisambolo, especialista de la subastadora, comenta: “se trata de una colección de relojes Cartier formada en los últimos veinte años por un conocedor —anónimo — europeo …casi me desmayo al ver la colección sobre la mesa… no vemos esto todos los días…  seleccionamos los más importantes, dejando todavía muchos y otros que el propietario no quiso compartir aún”. El conjunto refleja la opulencia del siglo pasado.

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Desde su fundación en 1766 Christie’s nunca había ofrecido una selección tan importante de relojes Cartier. Se estima que el precio de martillo rebase los cinco millones de dólares, varios de ellos impondrán marcas de venta por su calidad y su procedencia. La variedad de estilos es impresionante, hay cubistas, de la Bauhaus que fundara en Weimar Walter Gropius en 1919, de influencia oriental. Todo un caleidoscopio, incluyendo uno de 1930, de viaje, en forma de guardarropa miniatura que, al abrir sus dos puertas, muestra la hora en una carátula con las iniciales JWD en diamantes: Jessie Woolworth Donahue, heredera del fundador de la cadena de tiendas Nickel and Dime, F.W Woolworth, abuela de Barbara Hutton.

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Los relojes de escritorio eran manufacturados en esmalte guilloché, técnica de incisión en oro y plata, también usada en madera y marfil (en la actualidad la casa Breguet la usa para grabar concha nácar en algunos de sus modelos), policromados en azul, rosa, morado, verde y amarillo, inspirados en el joyero de los Románov, Carl Fabergé (1846-1920) de San Petersburgo, quien diseñara 69 obras maestras para la Casa Imperial Rusa durante treinta y dos años, entre ellas los afamados huevos de Pascua.

Algunos relojes son innovaciones del diseñador Maurice Coüet (1885-1963) de linaje relojero. Trabajó con Louis Cartier al frente del taller con más de treinta artesanos especializados en esmalte, grabado en metal, marquetería, cortadores de gemas y talladores de jade; en su libro sobre Cartier: Joyeros Extraordinarios, Hans Nedlehoffer lo califica como “genio inventivo”. Un solo reloj requería meses para su fabricación y empleaba los materiales más caros y raros que adquiría uno de los tres hermanos Cartier, Jacques el experto en gemas: en India, rubíes, esmeraldas y zafiros; en China, laca burgauté, para la incrustación de conchas iridiscentes.

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Los diseños eclécticos de Cartier solían atraer “a la misma clase de personas: mujeres independientes y seguras”, comenta Cisambolo. Adicional a Jessie Woolworth, un número notable de mujeres figuran en la lista de compradores de estos relojes. Otro ejemplo es Loelia, Duquesa de Westminster, propietaria de un reloj Art Déco de ónix, esmalte, rubíes y diamantes, casada con el Duque de Westminster, Sir Winston Churchill fue su padrino de bodas. Poco después la pareja se divorció y ella comenzó su nueva vida como reportera y editora de la revista House and Garden.

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El lote no. 42 de la subasta, reloj semi-misterio de escritorio de 1918, con estimados de $125,000 a 187,000 dólares, perteneció a Iya Lady Abdy (1897-1993), rusa blanca de San Petersburgo, que en París trabajó como modelo de Man Ray y Cecil Beaton.

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Los pendules mystérieuses fueron inventados por Coüet en 1912 y constan de carátulas transparentes en donde las manecillas parecen suspendidas en el aire sin que parecieran conectadas con el mecanismo relojero. Los semi-misterio tienen un efecto similar, constan de un esmalte translúcido de fondo y el truco consiste en que las manecillas están empotradas en discos de vidrio o cristal. El precio más alto pagado en subasta por uno de ellos ascendió a $750,000 dólares en diciembre pasado.

Para aquellos que les interese la vida e historia de la firma pueden leer el libro: La historia jamás contada detrás del imperio joyero de la dinastía Cartier, escrita por Francesca Cartier Brickell, bisnieta del fundador, con información del archivo familiar.

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El catálogo de esta subasta será de colección para los coleccionistas. Concluyo con el lema de Cartier: “nunca copies, sólo crea”. 

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