Caja de bric à brac con un tesoro

Luis C. López Morton Z.

Una pareja de jubilados en Sudáfrica, para entretenerse en su retiro, comenzó un negocio de compra/venta de arte y antigüedades; participando en una subasta compraron el lote 53, una caja de bric à brac* que contenía los siguientes objetos: un entrepaño de pared en forma de avión, varias lámparas de parafina, un mazo de cartas, un decantador, una pieza de bronce, un par de floreros, ciertos cuencos de cerámica… por el equivalente a doce libras esterlinas (260 rand, moneda sudafricana en curso).

Llevaron la caja que compraron a su casa, revisaron los contenidos y se encontraron con una pequeña escultura (descrita por los subastadores como “objeto de bronce”) que les pareció más importante que las doce libras que habían desembolsado por la miscelánea adquirida.

Así empezaron a estudiar la esculturilla, pero su investigación no los llevó a ningún lado por lo que decidieron enviar fotografías y medidas de la pieza al representante de la casa de subastas Christie’s en Sudáfrica, quien al ver el bronce optó mejor por enviarlo a consideración de Milo Dickinson en la matriz londinense. Este especialista al ver la obra reconoció que procedía del siglo XVII, además la nitidez del terminado, la delicadeza de los detalles y el patinado revelaba el estilo de uno de los alumnos más talentosos del famoso escultor Jean de Boulogne, mejor conocido como Giambologna (1529-1608), flamenco radicado en Italia, destacado por sus creaciones en mármol y bronce, principal escultor de la corte de Fernando I de Médici.

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Es raro que algo de esta calidad aparezca de la nada, dice Dickinson, que fue encontrado en una caja de chácharas en Sudáfrica, es una lección para todos; sigue habiendo una gran cantidad de grandes y extraordinarias obras escondidas, listas para ser descubiertas.

Es precisamente lo que le sucedió a esta pareja de jubilados, pues el bronce que venía en la caja del lote 53 era una obra atribuida a Antonio Susini (1580-1624), colaborador en el taller de Giambologna. En ese obrador se produjeron bronces a la cera pérdida, coleccionados por reyes y príncipes de la iglesia en ambos lados de los Alpes, también atesorados por caballeros para sus gabinetes y escritorios, así como por diplomáticos como petits cadeaux o souvenirs de sus viajes…

Se trata de un bronce de 12.9 centímetros de altura Campesino descansando sobre su bastón, copia de uno hecho en plata por Giambologna y prestado a Antonio Susini por la Galeria Uffizi, quien hizo copias, ignorándose cuántas se fundieron.

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La estatuilla para beneplácito de sus compradores ya está en Christie’s, Londres, en la Subasta de Old Master Painting & Sculpture (Pintura y escultura de los viejos
maestros) que corrió en línea del 9 al 30 de julio, los estimados de venta oscilaron entre 25,000 y 35,000 libras esterlinas, nada mal negocio para una adquisición de 12 libras.

El conocimiento, la suerte (estar en la subasta adecuada en el momento adecuado) tienen mucho que ver en este descubrimiento; por el precio que alcanzó (12 libras) brillaron por su ausencia los interesados, nadie se percató del contenido de la caja. Por el contrario, la pérdida para el vendedor del lote 53, así como para la casa de subastas, debe de ser doloroso, también para todos los espectadores que pudieron haber participado en la puja y conquistar un objeto que ha hecho feliz a la entusiasta pareja de jubilados.

Los objetos tienen historias curiosas, ¿cómo fue que esta estatuilla fundida en el siglo XVII acabara en Sudáfrica más de cuatrocientos años después? Será interesante no perder de vista a tan singular campesino de bronce.

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*Bric à Brac:
Expresión francesa en boga durante la era victoriana, relativa a chucherías o baratijas coleccionables, objetos intrascendentes, memorabilia, piezas de vajilla o cristalería, plumas fuente y tinteros, pisapapeles, esculturas de pequeño formato, daguerrotipos y fotografías. Esas pequeñas cosas que pueden ser “entrañables” para un coleccionista. En los mercados de pulgas o de segunda mano se refiere a bienes de escaso valor. En el español renacentista de la era de los descubrimientos: “quincallería” (del francés quincaille, onomatopeya del ruido de
metal).

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