Como lo dijo acertadamente el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, hace apenas unos días en el Foro Económico Mundial de Davos, vivimos tiempos de ruptura, no de transición.

Atravesamos momentos críticos a nivel global. El avance de las desigualdades, la erosión de la democracia, la revolución algorítmica y la crisis climática plantean desafíos profundos. La persistencia de conflictos bélicos, las acciones militares unilaterales, las guerras arancelarias y el debilitamiento de las instituciones internacionales constituyen una clara expresión de la preocupante ruptura del orden mundial a la que aludió Carney.

En medio de este álgido panorama global, México enfrenta sus propios retos. Las buenas noticias relacionadas con la disminución de la pobreza coexisten con la persistente violencia, que tiene en las desapariciones uno de sus rostros más devastadores. Y como si no bastaran las dificultades que le genera al país el preocupante rumbo político que ha adoptado nuestro vecino del norte, se suma en el horizonte una reforma electoral que despierta preocupaciones por las posibles implicaciones en nuestro régimen político.

Ante este contexto, las juventudes se enfrentan a un mundo hostil y poco hospitalario. No por nada la salud mental se ha convertido, para las nuevas generaciones, una inaplazable exigencia de bienestar.

Por todas estas realidades, quienes hacemos parte de comunidades universitarias no podemos dejar de preguntarnos cómo responder mejor y en clave de esperanza a este complejo presente.

En la Universidad Iberoamericana – Ciudad de México asumimos que esta pregunta sólo puede ser respondida a partir de un ejercicio profundo de reflexión colectiva. Lo entendemos así por convicción e identidad: el fundador de los jesuitas, Ignacio de Loyola, fue un gran maestro en el complejo arte de la introspección y la escucha.

Con todo lo anterior como antecedente, el día de ayer se realizó el ejercicio anual de rendición de cuentas al que obliga nuestra normatividad, en el marco del cuarto año de mi Rectorado. La ocasión fue propicia para repasar algunos logros, resultado del trabajo colaborativo de una comunidad vibrante y plural, comprometida con la excelencia académica y la construcción de un país más justo e igualitario.

Uno de los puntos clave del informe fue la relevancia del diálogo, tanto en la formación de excelencia que brindamos a las y los jóvenes en nuestras aulas, como en nuestro trabajo de incidencia. En la Ibero entendemos el diálogo como un ejercicio que no rehúye el disenso, que demanda escucha y confrontación respetuosa, y que culmina en la toma de decisiones y en su evaluación. Porque el diálogo es —sobre todo— una búsqueda colectiva y responsable de sentido.

Uno de los ejemplos del modo de entender la dimensión de nuestro quehacer universitario es el trabajo que realizamos con iniciativas como el Instituto de Investigaciones para el Desarrollo con Equidad—EQUIDE—. Capaz de saludar avances en la política social, al tiempo que señala faltantes en las métricas sobre pobreza, el EQUIDE brinda asesoría técnica y formula propuestas. Todo esto mientras acerca a nuestro estudiantado a espacios de formación rigurosa. Como este esfuerzo, existen múltiples ejemplos más en nuestra universidad, que apuesta por la incidencia social desde la excelencia académica.

En tiempos de ruptura y polarización, la Ibero redobla su apuesta por el diálogo. Nuestra sociedad necesita universidades que permanezcan de pie y contribuyan a rehacer un mundo roto a través de la formación integral de las juventudes, y también por medio de su presencia e incidencia pública. Los desafíos globales y nacionales reclaman universidades críticas, leales, propositivas y dialogantes.

Como expresé ayer en mi informe, la Ibero seguirá siendo un puente donde otros levantan muros; una casa para quienes buscan sentido.

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