Hay algo profundamente revelador en la manera en que México vive el futbol. Un triunfo sufrido, apenas un 1-0 frente a Corea del Sur, bastó para que miles salieran a las calles, tocaran el claxon y por unas horas suspendieran las preocupaciones de todos los días. Como si el país entero hubiera decidido regalarse noventa minutos de tregua.
Y quizá precisamente por eso resulta tan preocupante la tentación de convertir esa alegría espontánea en una prueba política.
El problema no son los festejos. Todo lo contrario. Un país tiene derecho a celebrar. Lo preocupante es hasta qué punto se ha degradado el debate público. Porque propagandistas, voceros del régimen y toda una constelación de cuentas afines se apresuraron a convertir las imágenes de mexicanos abrazándose y saliendo a las calles en una respuesta a las críticas sobre la concentración de poder y el deterioro institucional. El mensaje, repetido hasta la saciedad y formulado de distintas maneras, era esencialmente el mismo: si hay tanta gente celebrando en las calles, ¿dónde está la dictadura que tanto denuncian sus críticos?
Como si los mexicanos fueran incapaces de distinguir entre la alegría de un triunfo deportivo y las preocupaciones sobre el rumbo del país.
Tampoco sería la primera vez que el deporte es utilizado como sedante político o como herramienta propagandística. Desde la Copa Mundial de Futbol de 1978 hasta los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, numerosos regímenes han comprendido que pocas cosas pueden limpiar su imagen internacionalmente y producir una sensación de unidad tan poderosa como una victoria deportiva.
La paradoja es que esos festejos no pertenecen al poder. Pertenecen a un país exhausto. México llega a este Mundial en medio de la inseguridad, la incertidumbre económica, la polarización y una discusión creciente sobre el deterioro institucional. Y precisamente por eso, necesitado de motivos para celebrar.
A pesar del circo propagandístico, hay algo profundamente mexicano en todo esto. El Vasco no representa el futbol del espectáculo ni las grandes promesas. Representa el país del pragmatismo de la supervivencia diaria, de resolver con lo que se tiene a la mano y seguir adelante. El país de las chambitas, del esfuerzo y del “como sea, pero salimos”. Su juego es, para algunos, feo, defensivo, demasiado pragmático. Pero en ese sentido, el Tri de Aguirre es el verdadero espejo del México real. Un equipo que gana 1-0 sufriendo se parece mucho a un país que, después de tantas crisis, ha terminado por hacer de la resiliencia una forma de identidad. Porque los mexicanos hace tiempo aprendieron que la perfección es un lujo y que, en ocasiones, sobrevivir ya es una forma de victoria.
Y quizá por eso el futbol importa tanto. Porque funciona como una especie de PIB emocional. Cuando tantas cosas parecen fuera del control de los ciudadanos, once jugadores ofrecen la ilusión de que todavía es posible ganar algo. Aunque sea por un gol. Aunque sea sufriendo.
El verdadero problema aparece cuando el poder confunde el alivio con la aprobación.
Y que un régimen necesite presentar esa alegría prestada como una suerte de plebiscito sobre la salud democrática del país revela hasta qué punto ha llegado la manipulación. Porque las victorias en la cancha pueden levantar el ánimo de una nación. Pero ningún gol tiene la capacidad de reescribir la realidad. Ninguna victoria en la cancha puede ocultar las derrotas fuera de ella. Porque los partidos duran noventa minutos. La realidad, en cambio, sigue ahí.

