A las amigas tapatías, con solidaridad.

La captura y muerte de Nemesio Oseguera mejor conocido como El Mencho, desató una ola de violencia que demostró, a propios y ajenos, la capacidad de movilización del cártel de las cuatro letras. Con un despliegue impresionante de elementos, los seguidores del Señor de los Gallos incendiaron más de 200 tiendas Oxxo, realizaron 252 bloqueos carreteros, expulsaron a los conductores de sus vehículos para incendiarlos a la luz del día y con total libertad. Despliegues similares fueron reportados por las autoridades en 20 entidades del país. La activación del Código Rojo en Jalisco cerró comercios, escuelas y universidades y dejó a los tapatíos sumidos en el miedo y la incertidumbre. Ese día se celebró el medio maratón de Guadalajara. La fiesta deportiva concluyó con cientos de corredores varados en hoteles, con los comercios cerrados y con vuelos y autobuses cancelados.

Cerca del Bosque de la Primavera, María mi prima, deportista de alto rendimiento, se fue como todos los domingos a una rodada con un grupo de más de 40 personas. De regreso, unos sicarios secuestraron el auto de resguardo y lo incendiaron con todo y bicicletas. Gracias a la ayuda de comerciantes y conocidos el grupo escapó y permaneció escondido durante 24 horas de angustia y poca información.

En el municipio de Etzatlán, conocido internacionalmente por tener “el cielo tejido más grande del mundo”, jóvenes en moto incendiaron autos y casas cerca del centro sin que los habitantes recibieran asistencia, ni de la policía, ni de los bomberos. Frente a las cenizas, ni los seguros, ni las autoridades respondieron ya que argumentan no tener cobertura contra actos terroristas.

Durante casi cinco años, viví al lado de una reserva natural en el municipio de Zapopan. Como exiliada chilanga, me tocó disfrutar de las distancias cortas, la amabilidad tapatía, la enorme oferta culinaria, los días soleados y por supuesto, el frenesí cultural de la Feria Internacional del Libro. En ese periodo conocí académicos, empresarios, artistas, deportistas, cocineras, jardineros, guardabosques que tratan, como todos, de aportar su granito de arena a una sociedad emproblemada. También conocí la dinámica de una sociedad forzada a banalizar la violencia tras décadas de convivir con un sistema criminal. En este entorno, la economía se distorsiona con rentas bajas, autos caros y restaurantes de superlujo; se vive la adoración a las marcas y a las tiendas de lujo; se erige el paraíso de los cirujanos plásticos: una estética buchona que recuerda la novela colombiana de Sin tetas (ni nalgas, ni hocico inflado) no hay paraíso. En la calle resuenan los narcocorridos, las fiestas de madrugada que terminan en balazos al aire y en las escuelas, se oye el corrido tumbado como forma de expresión cultural. Desde hace mucho, dejó de ser noticia el asesinato de precandidatos y candidatos en periodo electoral; el reclutamiento forzado de menores de edad; los campos de entrenamiento en municipios aledaños a la capital; las madres buscadoras; la glorieta de los desaparecidos; los incendios provocados en las reservas naturales como forma de presión inmobiliaria. Por esta noticia, la prensa internacional tiene los ojos sobre Jalisco, pero la verdad es que viven, como parte del paisaje, los halcones en zonas de turistas y la infiltración de las redes criminales en las instituciones y estructuras gubernamentales. La cantidad de desaparecidos en Jalisco —más de 16 mil 079 según el registro estatal— debiera ser motivo suficiente para paralizar a un gobierno y a una sociedad que hasta antes del domingo pensaba más en la cercanía del Mundial. Lejos de una victoria definitiva, la captura del Mencho es el trofeo gubernamental frente a un sistema que ya está entre la sucesión y el reacomodo de su dominio criminal.

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