Imagina que has pasado seis horas sudando a lo bestia debajo de un traje de plástico con el que te cuesta trabajo moverte y respirar. Imagina que tus jornadas se han extendido y tus descansos se han reducido porque muchos de tus colegas son diabéticos, obesos o tienen más de 60 años. Ellos están fuera de la línea de batalla.

Trabajas a marchas forzadas, tratando a pacientes con Covid-19. La pesadilla se vuelve dantesca si sucede en México. Un país con años de rezago presupuestario en el sistema de salud: es el último lugar en gasto público sectorial dentro de los países de la OCDE. Esto se refleja en que haya poco más de dos médicos y menos de dos enfermeras por cada mil habitantes. Estás en un país en el que no todos ejercen el derecho de acceso a la salud.

Portas la bata con orgullo, dedicaste seis años o más de estudio con desvelos, guardias y un salario raquítico incluido. Congruente con el juramento hipocrático que pronunciaste, haces de la salud y la vida del enfermo el centro de tus preocupaciones. Te la rifas con lo que tienes porque la pandemia llegó en tiempos de austeridad y de adquisiciones tardías.

No todos los trabajadores de la salud cuentan con equipos de protección personal. Están expuestos. Confiados en que el número de contagios confirmados es reducido, y ante la urgencia de la enfermedad, se minimizan las capacitaciones requeridas. Se relajan las precauciones. Pero la realidad enciende una alerta: en Coahuila, Morelos, Estado de México, Baja California, Ciudad de México el personal de salud empieza a enfermar: 535 infectados de coronavirus según el IMSS, es decir, uno de cada diez de los casos contabilizados.

Imagina que después de una larga jornada, tratas de regresar a casa. Producto del miedo, la ignorancia y la franca estupidez, te insultan. Te expulsan del transporte público. Te rocían con cloro. Te vacían en la espalda café caliente afuera de un Oxxo. Te encuentras una nota en la puerta de tu edificio en la que vecinos escudados en el cobarde anonimato piden que no regreses porque ellos “también tienen familias”.

En Sabinas Hidalgo, Nuevo León, queman el hospital que sería cedido al Ejército para atender enfermos de Covid-19. Ante las distintas agresiones, Loïc Jaeger, director de Médicos Sin Fronteras, capítulo México, lanza una iniciativa desesperada: invita a artistas, medios de comunicación y ciudadanía a que cuiden a quienes nos cuidan. Pide que manden mensajes de apoyo y videos al personal de salud. Pide lo que en otros países se hace de manera espontánea, desde la incertidumbre del encierro.

En tu centro de salud pides ayuda. Pides relevo. Pides equipo. Ciudadanos de buena fe se organizan y donan materiales. Actos espontáneos, apenas simbólicos en el mar de necesidades. Y regresas a la batalla.

Los enfermos de Covid-19 estarán aislados de sus familias. Todos pondrán su vida en tus manos. Le apostarán a tus cuidados. A que sus defensas y la buena evolución de la enfermedad les permitirán estar del lado bueno de las estadísticas: solo 4 de cada 10 podrán sobrevivir. Los que lleguen a terapia intensiva serán menos afortunados. Sus probabilidades serán reducidas. Morirán solos. Tu cara detrás de los lentes de protección o la de las enfermeras que los cuidan, será lo último que vean antes de ser sedados. En algunos casos y ante la escasez de recursos, según la Guía Bioética de Asignación de Recursos de Medicina Crítica para el Covid-19 emitida por el Consejo de Salubridad General, un volado decidirá sobre sus probabilidades de sobrevida. Por el bicentenario del natalicio de Florence Nigthingale, la célebre “dama de la lámpara” y precursora en la enseñanza de los cuidados del enfermo, 2020 fue declarado año internacional del personal de enfermería. Vaya forma de honrar en México a quienes nos salvan la vida.


Coordinadora de la Red por la Rendición de Cuentas

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