La derecha

Lorenzo Meyer

El significado político de derecha e izquierda data de la Revolución Francesa, pero ambos términos pueden ser útiles para entender lo mismo procesos políticos de siglos atrás como del presente. Así, los hermanos Graco, tribunos de la plebe en la república romana (133 a 121 a.C.), fueron sin duda la izquierda de su época al apoyar una reforma agraria y subsidios en el trigo para los plebeyos. Hoy la encíclica “Fratelli Tutti” del Papa Francisco, bien puede considerarse una visión de izquierda ya que condena la estructura económica y política dominante por su falta de sentido de lo social, por la primacía del lucro, del consumismo, por su falta de solidaridad con los excluidos y los explotados y por su indiferencia ante el valor de la solidaridad. Finalmente, aquellos que niegan la utilidad del continuum izquierda-derecha, generalmente son de derecha.

No contamos con una definición clara de derecha —tampoco de izquierda—, pero el trabajo de Corey Robin en torno a la visión del mundo del pensamiento conservador moderno —la que surgió como reacción a la Revolución Francesa—, The reactionary mind (Oxford U. Press, 2ª ed., 2018. Hay edición en español), es un buen intento de dilucidación. Para Robin, a partir del movimiento que acabó con Luis XVI y su monarquía absoluta en Francia, los términos derecha, conservadurismo y reacción, son sinónimos. En esencia, son políticas que se oponen a la emancipación de los estratos que se encuentran en los peldaños inferiores y base de la pirámide social.

La historia moderna muestra que mientras las relaciones de desigualdad de poder y privilegios entre grupos y clases se mantenga en lo esencial, la derecha no se moviliza, permanece en estado latente. Sin embargo, esa disposición a la pasividad cambia y sus líderes movilizan a sus bases cuando consideran que el poder que han ejercido como rutina se les escapa, cuando el ancien régime es desafiado desde abajo y corre el peligro de desfondarse. Ya activada, la derecha defiende la estratificación existente, la posición de superioridad de sus miembros lo mismo en la esfera doméstica que en la económica, política y cultural. Cuando está bajo asedio por aquellos que considera “sus inferiores”, y que debe actuar lo mismo en las calles que en los medios, las cortes o los partidos, su objetivo no es dar forma a algo nuevo sino recuperar el terreno perdido en las diferentes arenas.

La experiencia histórica muestra que el ancien régime es irrecuperable, que la coyuntura lleva a una bifurcación. Un camino conduce a la derecha a la aventura de construir, por las buenas o por las malas, un “viejo régimen” nuevo, uno que en su esencia mantenga las jerarquías y divisiones sociales del antiguo, pero sin las debilidades que llevaron a su crisis; ese fue, por ejemplo, el camino del franquismo o del pinochetismo. La otra ruta parte de la idea de aceptar el cambio, de acomodarse en el nuevo régimen e intentar desde ahí lo aconsejado por el Príncipe de Salina en la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, El gatopardo, “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie". En más de un sentido eso hizo, a regañadientes, la derecha inteligente norteamericana cuando concluyó que la solución al problema de la Gran Depresión de 1929 debía ser el “Nuevo Trato” (New Deal) del presidente Franklin D. Roosevelt (1933-1945) y que a su vez sería la base del Estado de Bienestar que caracterizaría a Estados Unidos hasta los 1970.

¿Por qué derroteros optarán las derechas mexicanas en su reacción a la 4ª Transformación? Quizá aún están explorando las rutas, pero el tiempo corre y pronto deberán decidir. 

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