La batalla de una guerra

Si la consulta no revoca el mandato, lo va a reafirmar justo cuando antes se debilitaba

Nación 27/06/2021 03:02 Actualizada 15:56
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Un adiós
a Antonio Helguera.
Que ya pasó a ser parte de la
gran Historia de la caricatura
política en México.

El fuego y el humo de la batalla electoral del 6 de junio empiezan a disiparse y es posible ver el campo de manera menos confusa.

El terreno de las elecciones lo conformaron unos elementos ya forjados y otros coyunturales. El más evidente de los primeros es la desigualdad social, esa que según el banco Credit Suisse ha llevado a que un grupo minúsculo —0.3% de la población adulta— posea un tercio de los bienes y los activos del país. Otro es la violencia criminal (en 2020 el INEGI, registró poco más del doble del promedio mundial de asesinatos) y que en los nueve meses previos a la elección cometió 89 homicidios de carácter netamente político, (Consultora Etellekt, 05/21).

La desigualdad fue cimiento del discurso del gobierno y la violencia del discurso del opositor.

El entorno electoral también fue marcado por factores coyunturales, sobre todo por la pandemia y su cauda de efectos: el miedo colectivo y la enorme presión sobre un sistema público de salud muy deteriorado. La semiparalización de la vida urbana llevó a que el PIB cayera 8.5% en 2020, la peor contracción desde 1932, y desembocó no sólo en el cierre de negocios sino de horizontes.

El contexto no fue propicio para un gobierno que tras un triunfo espectacular se había embarcado en un proyecto sin precedentes desde el cardenismo: reformar al régimen para llevarle a dar prioridad a los estratos pobres a la vez que librar una lucha contra la corrupción y los excesos de la clase política. Aún en circunstancias normales tales empresas implicaban enfrentar intereses creados muy poderosos, atrincherados en la enorme concentración histórica de la riqueza y la impunidad.

Los afectados por el cambio dieron forma a una gran coalición de los tres partidos tradicionales, de un sector empresarial y de partes de la “sociedad civil”. El objetivo inmediato de los opositores fue usar la campaña electoral para acumular fuerza, ganar la iniciativa política y poner fin al proyecto del gobierno. La pandemia y su abanico de males llevaron a la oposición a considerar la votación del 2021 como “la madre de todas las batallas”, una que podría decidir en la Cámara de Diputados y en las elecciones de gobernadores y congresos locales la suerte del resto del sexenio y del proyecto del gobierno. En el pasado las elecciones intermedias pudieron tratarse como eventos de poca monta, pero esta vez involucraban no sólo a la diputación federal sino a locales y a 15 gubernaturas. La contienda bien podía verse como un Stalingrado electoral que enfrentaba a dos coaliciones y proyectos. Si el gobierno, a la defensiva, perdía el duelo frente a la concentración de fuerzas de la derecha, difícilmente podría recobrar la iniciativa en el resto del sexenio.

Al final Morena perdió terreno en la Ciudad de México por fallas en la movilización de sus bases, pero se mantuvo como el partido más votado en la disputa por Cámara de Diputados (39.4 %) y con 197 logró seis escaños más que en 2018. De mantener su alianza con el PT y el Verde el gobierno puede contar con 281 diputados y la mayoría calificada la puede lograr si negocia con miembros de la oposición. En los estados, Morena ganó once gubernaturas y 19 mayorías en los congresos locales. La pandemia, esa variable inesperada e impredecible, va a seguir presente pero los pronósticos apuntan a que ya no impedirá que el PIB logre un repunte del 5% o más, (El Financiero, 22/06/21).

La oposición va a volver a armar una nueva gran ofensiva para la consulta de la revocación del mandato presidencial del 21 de marzo de 2022. Si la consulta no revoca el mandato lo va a reafirmar justo cuando antes se debilitaba. En fin, el mismo juego volverá a plantearse en 2024, aunque ya sin el jugador central: el líder carismático. 

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