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El virus y la protesta

Lorenzo Meyer

En principio las manifestaciones masivas de protesta en Estados Unidos y con diferente intensidad en otros países, México incluido, podían ser coincidentes con la pandemia provocada por el SARS-CoV-2, pero nada más. Sin embargo, en muy corto tiempo ambos fenómenos se han enlazado hasta parecer uno solo.

De entrada, protestas y pandemia tienen un punto inicial de coincidencia: el 25 de mayo. Fue entonces cuando George Floyd (GF), un ciudadano afroamericano, fue asesinado por policías en Minnesota. Cuando lo mataron, GF llevaba ya varias semanas desempleado a causa de la pandemia, es decir, por el cierre de los dos clubs nocturnos en Minneapolis donde él trabajaba para mantener la paz entre la clientela que se divertía bailando, bebiendo y consumiendo platillos estilo mexicano. El cierre fulminante de esos y de cientos de miles de otros sitios de encuentros colectivos, fue resultado de las medidas adoptadas para disminuir los contagios del agresivo virus.

GF había nacido 46 años atrás en un viejo y bronco barrio afroamericano de Houston —“The Bricks”—, había ingresado varias veces a la cárcel y por salir de ese entorno decidió marcharse al norte, a Minneapolis, donde encontró trabajo como chofer y vigilante de clubs nocturnos. Como millones de personas de extracción social similar, GF vivía al día y el inesperado desempleo lo dejó sin recursos. Por eso, cuando intentó comprar un paquete de cigarros pagando con un billete falso volvió a encontrarse con “la ley y el orden”, (The Economist, 06/06/20). El resto de la historia ya se conoce: pese a que no se resistió a su arresto, la brutalidad de un policía acabó con su vida.

El video que captó su trágico final y que se difundió en redes sociales coincidió con dos fenómenos que hicieron posible que en un abrir y cerrar de ojos, millones de personas se identificaran con la víctima de Minneapolis y se volcaran a manifestar agravios acumulados por décadas en Estados Unidos y otras partes del mundo: la violencia innecesaria de agentes del Estado contra ciudadanos indefensos y lo que se considera un origen de ese tipo de conductas y políticas: racismo, clasismo e impunidad.

Lo notable de estas manifestaciones de protesta fue la velocidad con la que se extendieron —como la del virus— en docenas de ciudades de Estados Unidos primero y luego en otros países con raíces históricas similares, notablemente en Inglaterra, Australia y Canadá, pero también en la Francia de los choques entre policías y “chalecos amarillos” para luego extenderse a España, Italia, Alemania, Polonia, Corea del Sur o Senegal. En México, la protesta tuvo su primer referente en Guadalajara tras la muerte de Giovanni López, un albañil, a manos de policías municipales por algo tan baladí como no usar tapabocas en un lugar público en tiempos de pandemia.

Y en tiempos de pandemia los manifestantes tomaron las calles conscientes de que podían enfrentar no sólo a la policía sino a un virus muy agresivo que se expande doquier que encuentra una multitud. Los medios internacionales han recogido testimonios de manifestantes que justamente por el peligro de contagio que implica su congregación, le da más valor a su desafío.
En Estados Unidos se calcula que las reuniones de protesta pueden contagiar a unas 3 mil personas diarias, (The New York Times, 07 y 10/06/20), pero que es justamente en este momento crítico cuando debe pedirse cuentas por los abusos policiacos y la discriminación, así como enfrentar abiertamente algo que la pandemia ha puesto en evidencia: la indefensión en la que transcurre la existencia de millones de George Floyd en Estados Unidos y sus equivalentes en todo el mundo, que son millones y millones: los que deben exponerse diario al virus por no poder darse el lujo de aislarse, los que viven hacinados, los desempleados, los que combinan pobreza con enfermedades crónicas como diabetes, hipertensión o sobrepeso —males que los sistemas públicos de salud no han podido enfrentar por falta de recursos o por abundancia de recursos económicos y políticos de las industrias que contribuyen a esas enfermedades. Así, por ejemplo, en Washington D.C. la población afroamericana representa 46% del total, pero sus muertos por coronavirus el 76%. Entre la población blanca —37% del conjunto— las defunciones por la misma causa sólo representan el 11% del conjunto, (Washington Post, 27/05/20).

Como en 1968, hoy las causas concretas del descontento global son particulares de cada país y región, pero finalmente las une un mismo sentimiento: un hartazgo con las fallas de fondo de estructuras de poder percibidas como abusivas e injustas.

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