El primer encuentro entre los presidentes de México y Estados Unidos en 1837 —Antonio López de Santa Anna con Andrew Jackson— fue sui géneris. Santa Anna no fue, lo llevaron pues llegó a Washington en calidad de prisionero de los texanos. Es posible que otros presidentes mexicanos tampoco hayan disfrutado sus visitas a esa capital. Andrés Manuel López Obrador (AMLO) no está en su elemento viajando fuera de México, pero como sea, en su reciente visita al país vecino salió muy bien librado.

Las reuniones sistemáticas entre mandatarios de México y Estados Unidos debieron arrancar con las visitas de Porfirio Díaz y William H. Taft a El Paso y a Ciudad Juárez en 1909, pero la Revolución Mexicana cortó esa posibilidad. Los encuentros sistemáticos se reanudaron cuando el régimen mexicano se transformó en postrevolucionario. En 1943, Manuel Ávila Camacho y Franklin D. Roosevelt se encontraron en Monterrey. Lo destacado entonces fue que Roosevelt viajó a México en plena guerra mundial y cuando nuestro país, por primera y única vez, fue aliado formal de Estados Unidos en un conflicto armado. En los siguientes 78 años la cadena de estos encuentros no se ha roto y a partir del TLCAN (1993) y de su sucesor el T-MEC (2020), se intercalaron los encuentros bilaterales con los trilaterales con la presencia de Canadá.

Mientras la postrevolucionaria mexicana transcurrió en el marco del régimen priista y la Guerra Fría, las reuniones no ofrecieron mayores novedades pese a que nunca faltaron áreas de desacuerdo: los “braceros”, el dumping y el proteccionismo, la pesca, las relaciones con Cuba y los conflictos en Centroamérica, las crisis económicas mexicanas, el narcotráfico y el contrabando de armas, los indocumentados y muchos más. En todo caso, del lado mexicano la política exterior de fondo ha sido el defender el espacio ganado para su soberanía relativa a cambio de ofrecerle al vecino del norte la seguridad de una notable estabilidad en su frontera sur.

Mientras subsistió en México la economía protegida, el gran proyecto nacional mexicano fue avanzar en una industrialización basada en el mercado interno y resistir las presiones para abrirlo. Sin embargo, en los 1980’s las fallas de ese modelo económico llevaron al gobierno a dar un giro de 180° y adoptar y adaptarse al neoliberalismo globalizador. A partir de entonces el esfuerzo del lado mexicano se centró en definir el interés nacional como la unión del deficiente aparato productivo mexicano —cada vez más dependiente del capital foráneo— con el norteamericano. Para lograrlo se aprovechó la negociación de un tratado de libre comercio iniciada en 1985 entre Estados Unidos y Canadá. México supuso que en donde cabían dos podían caber tres si se arropaban con el manto de un mercado de la América del Norte. El TLCAN abrió mercados a exportaciones mexicanas a cambio de reforzar el predominio norteamericano en la región. El “nacionalismo revolucionario” pasó entonces a ser historia, luego la Guerra Fría y finalmente el régimen autoritario priísta.

En lo interno, el empeño de AMLO ha sido transformar la naturaleza de las relaciones de poder establecidas en el siglo pasado, pero en lo externo no busca cambiar sino al contrario, ahondar las relaciones económicas ya existentes con la potencia del norte. De ahí el empeño de AMLO por disuadir a Donald Trump de acabar con el TLCAN por ser “el peor tratado firmado por Estados Unidos”. Al final, AMLO logró que sobreviviera el acuerdo trilateral.

En la agenda México-Estados Unidos siempre ha habido y habrá desacuerdos e incluso choques. Sin embargo, y por lo que se refiere al resultado de esta 9ª reunión trilateral, bien puede decirse: “sin novedad en el frente”, cosa que finalmente cuadra con el proyecto del presidente mexicano.

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