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El espejo chileno

En Chile la protesta se ha tornado en un movimiento al margen de los partidos. Fue convocado por nadie, detonado por una gota de indignación
03/11/2019
02:03
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“Es como una invasión alienígena”, confesó Cecilia Morel, esposa de Sebastián Piñera, presidente de Chile, ante la violenta y multitudinaria protesta social en su país. La visión de la señora Morel sintetiza a la perfección la naturaleza de la sorpresa y desconcierto de las élites ante el descontento de las clases subordinadas.

Una crisis política y social como la que hoy tiene lugar en Chile bien pudo haber estallado antes en México, pues algunos de los rasgos de la estructura social chilena que están en la raíz de su descontento —de su furia— también aparecen en México y de manera más acusada.

En Chile la protesta se ha tornado en un imbatible movimiento social al margen de los partidos. Fue convocado por nadie, detonado por una simple gota de indignación —el aumento en la tarifa del metro— que derramó un vaso de descontento que estaba lleno de tiempo atrás por la ausencia de sentido de solidaridad social de un sistema económico diseñado para obedecer los “dictados del mercado” y concentrar la riqueza y el buen vivir en las alturas aunque en el llano el pasto social estaba seco desde el asesinato de Salvador Allende (1973). Pues bien, en México, ese bueno vivir de los pocos frente a lo precario de las condiciones de los muchos contrasta tanto o más que en el país andino.

En Chile, y según la CEPAL, el 10% más afortunado de la población se queda con el 31% del ingreso total (2017) pero en México la proporción es aún mayor: 33% (2016). Sólo si el universo de los afortunados se reduce al 1% la situación cambia un poco: en México esa crème de la crème de los ricos se queda con el 22% de los ingresos que genera la economía en tanto que en Chile la proporción es del 33%, (Gerardo Esquivel, Desigualdad extrema en México, Oxfam México, 2015, p. 15; PNUD, Desiguales. Orígenes, cambios y desafíos de la brecha social en Chile, Santiago: Uqbar, 2017, p.22).

En Chile, en 1970, la participación de los trabajadores asalariados en el total del Producto Bruto Interno (PIB) era de 54% pero en México apenas llegó al 37%. Ahora bien, en ambos países el modelo neoliberal redujo esa participación del salario respecto del capital y para 2016 la proporción del PIB que iba a los sueldos en Chile había bajado al 38.6% pero en México apenas llegó al 26%, (CEPAL, Panorama social de América Latina 2018, [2019], pp. 41 y 51).

En términos de crecimiento, la economía chilena aventaja a la mexicana: en 2018 el PIB del país del sur creció 4% y el de México 2%. Por eso el PIB per capita chileno es, según el Banco Mundial, de 15, 923 dólares y el mexicano de sólo 9, 698 dólares. En 2016, y de nuevo según CEPAL, la pobreza era la condición de vida del 43.7% de los mexicanos, pero únicamente del 13.7% de los chilenos, (CEPAL, Medición de la pobreza por ingresos, Santiago, 2018, p. 80).

Si se consideran variables políticas, la situación no cambia. De acuerdo con una encuesta levantada en 38 países en 2017, el 78% de los chilenos se dijo insatisfecho con su democracia, pero en México esa insatisfacción la expresó ¡el 93%! (Pew Research Center, Globally, Broad Support for Representative and Direct Democracy. But many also endorse nondemocratic alternatives, 2017).

En vista de lo anterior ¿por qué Chile estalló y no México? Las razones deben ser muchas, pero entre ellas quizá se encuentre la expectativa que abrió la vía electoral. En 2006 las élites mexicanas optaron por una elección sin credibilidad y la oposición sólo tomó una avenida sin violencia y se empeñó en seguir por esa vía. Para 2017-2018 la toma del poder por esa oposición de izquierda y por el carril electoral era más creíble que nunca. Los beneficiados por el estatus quo ya no se animaron a repetir el 2006. El descontento social se pudo canalizar por caminos pacíficos y la nueva presidencia ya no vio ni trató a los marginados como un peligro sino como las posibles bases de un nuevo arreglo de poder.

No es frecuente que las élites de un país acepten ceder terreno a cambio de preservar la estabilidad y lo sustantivo de sus privilegios. En el México de 2018, Andrés Manuel López Obrador convenció a un mínimo necesario de la oligarquía mexicana que había llegado el momento de no persistir en defender lo ilegítimo e inviable. A lo mejor por eso aceptaron abrirle espacio a los “alienígenas” y no ocurrió lo que pasó en Chile, al menos por ahora.

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Lorenzo Meyer Agenda ciudadana
Profesor emérito de El Colegio de México y miembro emérito del Sistema Nacional de Investigadores del CONACYT. Licenciado en relaciones internacionales por el Centro de Estudios Internacionales de...