Déficit de empatía en las élites

Lorenzo Meyer

En esta coyuntura, Joaquín Estefanía, periodista y exdirector de un diario español, considera útil recurrir a visiones críticas del arreglo social como la de Christopher Lasch —un historiador norteamericano de finales del siglo pasado— y poner de cabeza a José Ortega y Gasset (El País, [15/05/20]). Hoy tiene poco sentido preocuparse por La rebelión de las masas (1929) que tanto inquietó al pensador madrileño y a los elitistas de su época. Lo que hoy ofende es lo que Lasch analizó en su último libro: La rebelión de las élites y la traición a la democracia, (The revolt of the elites and the betrayal of democracy, NY, Norton, 1995).

Si a Ortega le alarmó la creciente mediocridad moral e intelectual del “hombre masa”, a Lasch le perturbó la conducta de “los que mandan” (concepto de José Luis de Imaz), de las élites meritocráticas, globalizadas, desnacionalizadas —consideran que su patria es el mundo, no un país—, separadas física, política y anímicamente de las formas de vida y preocupaciones de la mayoría de sus connacionales. Esas élites están conformadas por los dueños del gran capital y por quienes surgieron de las clases medias, vía las universidades locales e internacionales también de élite, e ingresaron al círculo de los managers, de la tecnocracia pública y privada y de los intelectuales “de alto rendimiento”, todos identificados con los intereses, formas de vida y visión de mundo de los concentradores de la riqueza.

Para las élites que Lasch fustiga, pareciera que las demandas de las clases mayoritarias no son problemas para resolver sino algo que hay que administrar pero sin que absorban muchos recursos ni colapsen estructuras estatales. Desde esa perspectiva, el Estado no necesita invertir demasiado en bienes públicos sino dirigir parte de las demandas a la esfera del mercado. Después de todo, la salud de la élite ya está cuidada por la medicina privada de alta calidad, la educación ya corre a cargo de las escuelas y universidades privadas y la residencia familiar está protegida con sistemas de seguridad privada. De ahí, el interés e insistencia de los grupos que controlan (o controlaban) la actividad económica, la maquinaria del gobierno y la elaboración de teorías, en mantener los impuestos bajos y reducir la acción del gobierno en la esfera económica y en los servicios públicos.

La crisis actual de la salud pública es un ejemplo de lo anterior. En México, como en otros países, se dejó deteriorar el sistema de salud a cargo del Estado. Antes de que nos sorprendiera el ataque feroz del SARS-CoV-2 pero cuando ya había ocurrido la epidemia de influenza A (H1N1), un médico que sabía bien de lo que hablaba y en referencia a una de las grandes cadenas de farmacias con consultorio al lado, advirtió con resignación e indignación: “ese es hoy nuestro verdadero sistema nacional de salud: por cuarenta pesos y sin cita ni burocratismo, un médico mal pagado pero educado en una universidad pública y con poco futuro, te ausculta y te extiende una receta que surtes ahí mismo y de inmediato… si tienes dinero: un sistema barato pero muy limitado e injusto”.

La pandemia del Covid-19 ha dejado perfectamente claras las limitaciones del peculiar sistema de salud mexicano y, también, que no hay alternativa a uno público, bien financiado y administrado, con personal profesional preparado, remunerado adecuadamente y dispuesto a ganarse la confianza y respeto de la ciudadanía. La emergencia también ha hecho evidente que en México la obesidad y sus múltiples consecuencias están ligadas a la abdicación del Estado, y desde hace mucho, de su papel de custodio de la salud pública. Una abdicación descarada en favor de la poderosa industria alimentaria y refresquera que ha impuesto sus intereses por sobre la salud colectiva.

En México, las élites antiestatales pero gobernantes, tan globalizantes como irresponsables y encubridoras de la corrupción a gran escala, perdieron mucho terreno en la elección de 2018. Castigadas en las urnas, hoy se muestran resentidas, agresivas y dispuestas a recuperar las posiciones perdidas. Sin embargo, el resultado de décadas de su gestión está marcado por lo que Lasch calificó como una traición a la democracia real, la inclusiva.

La dramática emergencia generada por un virus, ha dejado en claro que el grueso de la élite marginada por el voto del 18, tiene un historial irredimible de falta de honestidad e identidad con las necesidades y aspiraciones de la mayoría nacional. Si volvieran a mandar, no retornaríamos al pasado sino a un callejón sin salida.
 

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