La entrada de los talibanes a la capital de Afganistán el 15 de agosto y la dramática y caótica evacuación de los extranjeros que habían apoyado a los vencidos más parte de sus colaboradores locales, lleva una vez más a reflexionar sobre las complejidades de las políticas imperiales, especialmente cuando los aparentemente débiles terminan por imponerse sobre los evidentemente fuertes. Algo no muy distinto a los eventos que hoy se están desarrollando en el Oriente Medio tuvo lugar en México a raíz de la aventura francesa de 1862 a 1866. Los cálculos militares , políticos y económicos de Napoleón III en torno a México fallaron espectacularmente y sus tropas se reembarcaron sin haber conseguido lo que pretendían.

Los “datos duros” de la aventura afgana actual son contundentes: los norteamericanos empezaron esa guerra en octubre de 2001 para eliminar a Al-Qaeda , la organización islamista que había llevado al cabo la destrucción de las torres gemelas de Nueva York. Al-Qaeda no era una organización afgana ni talibán, pero ahí había encontrado refugio y apoyo. En unos seis meses los norteamericanos diezmaron a Al-Qaeda y aunque su líder, el saudita Osama Bin Laden se refugió en Pakistán , en mayo de 2011 un comando norteamericano lo ejecutó. Sin embargo, Estados Unidos y sus aliados decidieron permanecer en Afganistán. Ese empeñó costó la vida a 2,448 norteamericanos y 1,145 de la OTAN. Del lado afgano el cálculo es de 164 mil muertos entre combatientes del gobierno y del talibán más civiles. A lo anterior hay que añadir una cifra muy superior de heridos más 133 mil millones de dólares gastados por Washington, (AP, 14/08/21).

De los intentos por conquistar y dominar Afganistán tenemos noticias desde Darío el Grande en el 500 a. C., pasando por Alejandro Magno y los mongoles hasta llegar a las guerras anglo-afganas de los siglos XIX y XX, a la invasión soviética de 1979 y la norteamericana que acaba de concluir. Sus éxitos fueron relativos y sus fracasos completos.

Si, como señalan los teóricos, algunas guerras llegan a generar y consolidar naciones –Prusia o la guerra civil norteamericana– Afganistán es un contraejemplo: a esa región montañosa y semiárida le han sobrado guerras, pero siempre le ha faltado un Estado.

La guerra norteamericana de veinte años en Afganistán tuvo un objetivo inicial claro –castigar el atentado del 11 de septiembre en Nueva York ejecutado por Al-Qaeda– y poner fin a esa organización pero, alcanzado el objetivo, Washington no se dio por satisfecho. Un documento interno del gobierno norteamericano de 2,000 páginas que resume el contenido de más de 400 entrevistas a generales, embajadores y diplomáticos en torno a ese tema y publicado por el Washington Post , (“The Afganistan Papers”) muestra que nunca se informó verazmente al público sobre el conflicto y que se incurrió en errores sorprendentes. Para empezar, nunca se formuló un objetivo claro, lo que resultó en tácticas múltiples, pero sin la estrategia que les diera coherencia. Nunca se definió claramente al enemigo y, por tanto, tampoco hubo forma de saber cuándo se le podría declarar derrotado. Como nunca se logró entender a fondo la naturaleza de la sociedad afgana fallaron las políticas diseñadas por Washington. Se gastaron enormes sumas para “rehacer Afganistán”, pero lo que se logró fue alimentar la maquinaria de corrupción de un Estado fallido . Crear un ejército nacional efectivo fue una “misión imposible” lo mismo que erradicar la producción del opio en sus montañas.

Una columna de opinión publicada por un excapitán de marines concluyó: en Afganistán “nos sacrificamos por una mentira” (New York Times, 18/08/21). Ese “nos” debe incluir a los afganos cuyo sacrificio no sólo ha sido mayor, sino que van a seguir cargando con las consecuencias.

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