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1821 visto desde el 2021

Lorenzo Meyer

No llevar las confrontaciones políticas al punto de intentar resolverlas por la fuerza

En México celebramos la independencia en el aniversario de su dramático inicio. Aunque el lema original de la rebelión de 1810 sólo demandaba remover al “mal gobierno”, la dura guerra interna radicalizó a los enfrentados y en “Sentimientos de la Nación” (14 de septiembre de 1813), José María Morelos ya pudo colocar como el primero de los 23 puntos de su proyecto de nación: “Que la América es libre e independiente de España”. Tras más de diez años de lucha en 1821 se abrió un espacio para la negociación del conflicto en términos de los intereses en la Nueva España aunque no de la vieja España.

Fue el 24 de febrero de hace justo doscientos años, en Iguala, cuando Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu, un coronel criollo recién nombrado brigadier y jefe de la Comandancia General del Sur decidió que, en vez de continuar empeñado en acabar por la fuerza con la insurgencia él podía negociar con los rebeldes la paz. Los insurgentes, encabezados por Vicente Guerrero —un mulato que había sido arriero próspero—, se encontraban a la defensiva, pero dando batalla y con capacidad de mantenerse en sus montañas sureñas por tiempo indefinido. La coyuntura propició que Iturbide lanzara una proclama —el “Plan de Iguala”— que ya había negociado con el jefe insurgente y que declaraba “la independencia absoluta [de la América Septentrional] de la España y de toda otra Nación”.

Esta vez la independencia se lograría por negociación política. Fue inútil el intento del virrey Juan Ruiz de Apodaca por detener la avalancha de militares a sus órdenes que cambiaron de bando y apoyaron a Iturbide. En agosto, un nuevo virrey carente de medios efectivos de poder, Juan O’Donojú, no tuvo más opción que aceptar lo que ya era hecho consumado: la independencia de México. 

El éxito del Plan de Iguala no se puede entender plenamente sin la coyuntura externa. Para Iturbide y muchos otros conservadores, en 1820 el mayor peligro para sus intereses y visión del mundo no lo representaba Guerrero y los rebeldes del sur sino ¡la España! En 1820 allá había triunfado otro pronunciamiento militar, pero de naturaleza muy peligrosa. El dirigido por el coronel Rafael de Riego que demandaba al ultraconservador Fernando VII restablecer la constitución liberal de Cádiz de 1812. En tales circunstancias una independencia negociada se convirtió en opción aceptable tanto para conservadores como insurgentes en México. 

Tomó algún tiempo asegurar esa independencia. Fue hasta 1825 que la última guarnición española abandonó la fortaleza de San Juan de Ulúa. Al año siguiente, Inglaterra, el actor decisivo del sistema internacional, avaló a México como miembro del grupo de países soberanos y este proceso se cerró con broche de oro en 1829 con la derrota una pequeña fuerza expedicionaria española que pretendía ser el catalizador de un gran levantamiento de los mexicanos descontentos con su independencia y dispuestos a retornar al seno de la España, pero eso nunca ocurrió.

El proceso político que hace dos siglos llevó al acuerdo de los contrarios había tenido un costo enorme. Quizá exageran quienes sostienen que una sexta parte de la población mexicana pereció a causa directa o indirecta del conflicto 1810-1821, pero la lucha cobró un precio muy alto en vidas y bienes. La producción de plata —indicador de la parte más dinámica de la economía— cayó 43% en el decenio de la guerra, la inseguridad se volvió endémica y la estabilidad perdida tardaría mucho en retornar.

El mensaje del 1821 al 2021 es claro: hay que evitar llevar las confrontaciones políticas al punto de intentar resolverlas por la fuerza. La negociación, aunque imperfecta en sus resultados, puede ser mejor opción. 

 

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