El 1° de junio del 2025 se llevaron a cabo dos tipos de procesos electorales que nos dejan, cada uno de ellos, lecciones diferentes que vale la pena tomar en cuenta de cara al futuro. Ese día ocurrieron, por un lado, las elecciones locales en Durango y Veracruz para renovar ayuntamientos y, por otro lado, se realizaron las primeras elecciones para designar por voto popular a la mitad de los juzgadores federales (881 en total) y a los responsables de impartir justicia a nivel estatal en 19 entidades federativas (más de 4360 cargos).
Tan se trató de elecciones diferentes en su sentido, logística, operación —y calidad democrática— que, a pesar de ambos comicios se realizaron simultáneamente, las casillas en donde se emitieron los votos en los Estados que eligieron a sus cargos municipales no fueron las mismas en donde se llevó a cabo el experimento (digno del doctor Frankenstein) de elegir por primera vez en la historia —y en el mundo— al entero aparato judicial.
Por un lado, los comicios municipales de Durango y Veracruz dejaron dos lecciones: Primera, que la calidad y la capacidad operativa de las autoridades electorales del país (el INE y los OPLE involucrados) para realizar elecciones “normales” está intacta y, de nueva cuenta, la ciudadanía de ambas entidades pudo ejercer con plenas garantías y libertad su derecho al voto —no obstante la peligrosa inequidad que regresó para quedarse, que conlleva la intromisión inconstitucional y descarada de los gobiernos, en primer lugar el federal, que sin consecuencia alguna desde 2024 caracteriza a nuestras elecciones gracias a la complacencia del INE y del TEPJF—.
Y segunda, que Morena, más allá de la pretensión oficial de presentarse como un nuevo partido hegemónico, no es una fuerza política invencible en las urnas. De hecho, en ambas entidades, la pluralidad política que cruza el país se hizo presente y en muchos municipios la alternancia se hizo presente sin favorecer a ningún partido en específico. Incluso, Morena resintió en ambas entidades una disminución en sus preferencias electorales, tanto en comparación con las elecciones municipales previas como en relación con los votos que obtuvo en las elecciones federales de 2024, demostrando con ello que no es una fuerza política inmune ni al desgaste que supone el ejercicio del gobierno ni a las malas gestiones y escándalos de corrupción que la han involucrado.
Por otra parte, las elecciones judiciales demostraron no sólo que fueron una auténtica simulación en términos democráticos y que teníamos razón quienes advertíamos, desde el principio, que la elección de las y los juzgadores, en realidad, era un mecanismo para colonizar políticamente un poder del Estado que, por su naturaleza, debe ser independiente y autónomo (como lo evidenció con total claridad el uso masivo de acordeones impulsados desde el gobierno y su partido para elegir a sus favoritos). Demostraron también, y eso es una delicada advertencia de cara al futuro, que la apuesta de décadas por construir comicios libres y auténticos, cuyos resultados resultaran ciertos y creíbles, con procesos transparentes y auditables, en las que las y los ciudadanos fueran los garantes del respeto de la voluntad popular al ser los responsables de recibir y contar los votos de sus vecinos, no fue algo irreversible, al contrario.
Las elecciones judiciales fueron las peores elecciones que se hayan realizado en la historia del país en términos de su integridad electoral y de su calidad democrática. Por primera vez, no fueron los ciudadanos que integraron las casillas quienes contaron los votos, éstos se escrutaron en total opacidad y sin vigilancia ni auditoría alguna, las boletas resultaron incomprensibles, el financiamiento de las campañas fue absolutamente turbio y la voluntad ciudadana fue manipulada —a través de los mencionados acordeones— como nunca antes.
Las conquistas democráticas de nuestro sistema electoral que tanto nos constaron alcanzar no solo se demostraron reversibles, sino que, además, se tiraron a la basura de un plumazo.
El 1° de junio pasado coexistieron dos tipos de elecciones, unas que, con todos sus problemas, siguieron siendo auténticas, y otras que fueron una auténtica tomadura de pelo, una simulación: las “elecciones del bienestar”.
De cara a la reforma electoral que el oficialismo pretende, vale la pena recordarlo.
Investigador del IIJ-UNAM. @lorenzocordovav

