Todo gobierno autoritario pretende, como un asunto existencial, el monopolio de la verdad y el control total del discurso público. Asumir que siempre se tiene la razón, aunque la realidad evidencie lo contrario, es un impulso natural del pensamiento autoritario. La lógica binaria y simplificadora de esa asunción implica que no hay más que dos sopas: o se tiene la razón o no; y dado que el autoritario se presenta como el poseedor de la verdad por una pretendida superioridad ética u ontológica, pues todo el que no esté acuerdo con ellos vive en el error, está equivocado o, peor aún, persigue alguna finalidad perversa y deleznable.
?Para el autoritario nadie más que él puede tener razón de un modo absoluto, por eso algunos autores,como Hans Kelsen, han establecido que entre el pensamiento absolutista (como contraposición del relativismo) y el modo autocrático de gobernar existe un nexo causal indisoluble. En efecto, a los autoritarios no resulta siquiera admisible que un hecho pueda tener diversas interpretaciones —aunque se trate de asuntos complejos—, porque eso significa abrirle la puerta a una lógica relativista que terminaría por diluirlo y poner en entredicho su autoridad y asumida superioridad, lo que les resulta inaceptable.
?Por eso, ninguna crítica a los dichos o decisiones de un gobernante autoritario es tolerable y su reacción natural es la descalificación de esos cuestionamientos como una mentira, un engaño o el resultado de una intencionalidad pérfida y malintencionada.
?El autoritario descalifica por instinto a todas las voces que no se alineen a su discurso o cuestionen sus decisiones o su autoridad. No se detiene siquiera a analizar si las objeciones que se les hacen tienen un viso de verdad o de razón, eso significaría aceptar que se es falible o, peor aún, que se miente.
?Pero autoritarios no tienen empacho en mentir una y otra vez aunque siempre lo nieguen. Mentir se vuelve un hábito reiterado, una manera de enfrentar los cuestionamientos. Se trata de un recurso fácil, siempre a la mano y, por eso acuden a él reiteradamente y de modo sistemático. No importan los datos, los hechos, las realidades, siempre se tienen otros datos, otros hechos, una realidad alterna.
?Por eso todo gobierno autoritario utiliza la propaganda como un medio para vender y afianzar sus dichos, sus verdades. Entendámonos, la propaganda no es un recurso exclusivo de los autoritarios, pero para éstos es imprescindible, al igual que un aparato de comunicación, sólido y complejo, que les permita difundir públicamente sus afirmaciones y hacer que éstas permeen. Entre el autócrata y “su” pueblo (es decir, sus seguidores) tiene que haber canales de comunicación múltiples y bien aceitados. De eso depende que la verdad oficial se conozca y se asimile.
Todos los regímenes autoritarios, sin excepción, han necesitado de un sólido aparato propagandístico y por eso, desde el fascismo, hasta la autodenominada 4T, pasando por los totalitarismos y populismos del signo pasado, han volcado las capacidades del Estado en reproducir la voz del líder y difundir sus dichos y verdades.
Y todo eso ocurre de manera automática y autocrítica, sin reparar en los errores o equivocaciones que puedan cometerse. Todo dicho del gobierno tiene que ensalzarse y justificarse, toda crítica debe negarse y descalificarse. Así, sin más.
Sólo que hay ocasiones en las que el sistema se tropieza y se evidencia como un enorme aparato de manipulación y propaganda. A veces la mentira oficial resulta tan torpe y burda que es imposible sostenerla.
Así ocurrió hace unos días con el episodio de una mujer asoleándose en Palacio Nacional, un hecho de por sí intrascendente pero que evidenció el sesgo con el que actúa el aparato propagandístico de los gobiernos morenistas que primero tachó el hecho como un montaje de los enemigos del gobierno y luego tuvo que reconocer que fueron ellos quienes mintieron.
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