Un solo tema arrinconó contra la pared al gobierno de López Obrador en sus primeros nueve meses de gobierno, la migración . Sin duda, la inseguridad y la violencia son los problemas aún sin solución más sentidos y preocupantes de cara al primer informe de gobierno de esta Presidencia, sin embargo, incluso esos problemas recibieron más apoyo y comprensión de parte de la opinión pública que las opiniones respecto a cómo se ha gestionado el tema migratorio a lo largo de estos meses.

En el imaginario colectivo los migrantes no son los mexicanos que viven en el extranjero. Como la mayoría de éstos están en Estados Unidos , se piensa que su único problema es resistir las andanadas e insultos de Trump amenazando con nuevas medidas restrictivas. No se niega el creciente temor ante los racistas asesinos como ocurrió en la masacre en El Paso , Texas, pero es aún peor, se piensa en México, acabar siendo deportado. Mientras eso no ocurra, aparentemente esa comunidad no tiene mayor problema que seguir enviando remesas puntualmente, cosa que se les agradece hasta en las mañaneras.

Pero los migrantes no son esos, son los otros. Son las caravanas que se insiste en presentar como multitudes pobladas de personas que buscan llegar y cruzar el país y que podrían quedarse entre nosotros, como repiten con horror hasta personas medianamente educadas, que con una sola búsqueda sabrían que México es un país de muy bajo porcentaje de extranjeros residiendo en nuestro territorio y dentro del panorama Latinoamericano, de los países que menor flujo migratorio ha recibido los últimos años. A pesar de esto, lo interesante es que esta narrativa, la de la marabunta que llega, es la que ni López Obrador, quien ha capoteado tantas batallas en tan pocos meses, pudo modificar. Desde las primeras encuestas de opinión que se hicieron para evaluar al Gobierno actual, la pregunta sobre recibir o permitir el paso por el país a los migrantes fue el tema que recibió mayor rechazo que simpatías. En las encuestas de EL UNIVERSAL, en las que se incluyó el tema, casi un 60% rechazaron la sola posibilidad de permitir que México sea un país de paso hacia Estados Unidos, principal destino de la inmensa mayoría de quienes llegan a la frontera sur de México. Poco más de la mitad (54%), se opuso a la propuesta de López Obrador de dar visas de trabajo a los centroamericanos que decidieran venir expresamente a México. ¿Por qué sorprenden las respuestas? Porque al ser un país de alta e histórica expulsión migratoria, se podría pensar que, la experiencia como minoría nacional discriminada en EU, –de manera directa o a través de familiares o relatos compartidos– las actitudes de rechazo colectivo podrían ser más matizadas hacia posturas medianamente más comprensivas, algo así como ponerse en los zapatos del otro.

Este proceso que es bastante más complejo que lo que estas líneas permiten apenas esbozar es con lo que se topó López Obrador quien, al apelar a las actitudes solidarias, hospitalarias y fraternas con el otro, más allá de su nacionalidad, no recibió los aplausos esperados que en otros temas sí le funcionaron. Por eso, tal vez, ante el chantaje desde Estados Unidos de imponer aranceles o ejercer un férreo control migratorio, no hubo duda, tiene más apoyo popular el discurso de cuidar hasta el último centavo del presupuesto, mantener el equilibrio fiscal, o la promesa de que habrá mejora a través de la distribución aún sin crecimiento, que imponer una línea dura en el control migratorio. Pragmatismo, le dicen.

@letichelius
@migrantologos

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