Trump camina sin contrapesos. Va tomando decisiones unilaterales sin que nadie se interponga en su camino: ni personas ni instituciones. Está acostumbrado a vivir fuera de la ley y que lo que haga no tiene consecuencias jurídicas. Su desprecio por el derecho es total y ya ni siquiera simula. Muestra su músculo abiertamente. El límite, dice, es su moral —si la tiene— y su propia mente.

Hasta ahora las aparentemente sólidas instituciones democráticas de los Estados Unidos no han logrado reaccionar, aunque algunos republicanos ya muestren preocupación ante las acciones de los últimos días. La base jurídica de todo, hasta ahora, han sido órdenes ejecutivas que sólo son el aparente fundamento de sus deseos personales y la concreción de su visión del mundo.

Las naciones más poderosas no han reaccionado con contundencia. Parecería que están esperando un nuevo reparto de territorios en sus áreas de interés e influencia y el rediseño de la geografía mundial. Además de ellas, podrían reaccionar aquellas naciones que no tienen tanto poder en lo individual, pero podrían tenerlo todas juntas si se usaran los instrumentos del derecho internacional que civilizadamente se han suscrito para evitar la barbarie; pero Trump también desprecia a esos instrumentos. En la entrevista al New York Times del jueves pasado, sostuvo que la fuerza nacional debe ser el factor decisivo entre potencias —y no las leyes, tratados y convenciones—.

En congruencia con lo anterior, el 7 de enero, la Casa Blanca publicó un memorándum para el retiro de los Estados Unidos de Organizaciones internacionales, convenciones y tratados que se consideren contrarios a los intereses de ese país. Esto, en cumplimiento de la orden ejecutiva 14199 del 4 de febrero del 2025. A través de ese instrumento, se ordena a los departamentos ejecutivos y a las agencias estadounidenses que, tan pronto sea posible, se retiren de organizaciones que se enlistan y que, en el caso de entidades de naciones unidas, cese la participación en ellas o se retiren las aportaciones que ese país hace.

Los temas que abordan las agencias y organizaciones de las que Estados Unidos se retira o retira sus fondos están relacionadas con:

1) Cambio climático y manejo de la energía. Algo en lo que Trump no cree a pesar de la evidencia científica.

2) Recursos naturales, conservación de la naturaleza, biodiversidad, y servicios ecológicos, océanos y agua.

3) El desarrollo económico y social.

4) El terrorismo —que él dice combatir a su manera— y el Registro de Armas convencionales.

5) Agencias que promueven la justicia y el Estado de Derecho, la democracia, el fortalecimiento de las leyes y la asistencia electoral.

6) La construcción de la paz y atención a niños y jóvenes afectados por emergencias y crisis prolongadas.

7) Educación, arte y cultura.

8) Asentamientos humanos, población, migración y, por supuesto,

9) La entidad para la equidad de género y empoderamiento de las mujeres, que obviamente le incomoda.

Un principio básico del Derecho Internacional es la buena fe y esto no existe por ahora por parte de Trump y los Estados Unidos. El impacto global de sus decisiones no tardará en comenzar a notarse sobre todo en países y poblaciones que necesitan apoyo humanitario. Parecería que la única ley que continuará aplicándose será la del que se ostenta airadamente como el más fuerte y que, hasta hoy, está demostrando que lo es.

Catedrática de la UNAM @leticia_bonifaz

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