La mayoría de los hombres ha tenido derechos por el solo hecho de ser hombres. Estuvieron excluidos algunos por su color de piel, por su origen étnico o por su calidad de esclavos. Las mujeres, en cambio, hemos tenido como regla la exclusión. Eso ha provocado que cada derecho haya tenido que ser conquistado por nosotras.

Si tomamos como punto de partida el llamado siglo de las luces, que en derechos siguió siendo de oscuridad para las mujeres, encontramos como referente para la libertad y la igualdad la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano de 1789. Al llevar al papel los derechos, las mujeres quedaron fuera. No fueron consideradas ciudadanas. Las mujeres de Francia, de Inglaterra, de Estados Unidos y paulatinamente del resto del mundo, se organizaron, tomaron las calles y exigieron el derecho al voto, el derecho a participar en las decisiones públicas. Algunas fueron encarceladas. Las primeras rebeldes pagaron con su vida. El voto se fue consiguiendo paulatinamente hasta lograr primero cuotas en la representación y luego esquemas de paridad que son los que ahora defendemos. La mitad de la población no tuvo durante siglos una representación igualitaria y no tuvo, en consecuencia, posibilidades de incidir en la toma de decisiones respecto de cuestiones que les afectaban directamente.

Uno de los argumentos para excluir a las mujeres del derecho al voto fue que no estaban suficientemente preparadas. Esto no se cuestionó respecto de ningún hombre. Pero en el caso de las mujeres, se insistía en que les faltaba educación, aunque ésta les había sido negada también por el hecho de ser mujeres. Solo quienes eran parte de la aristocracia recibían una educación privilegiada. Tardaron las niñas en poder asistir a la escuela en condiciones de igualdad y aún así, hasta ahora, hay prejuicios respecto de ciertas materias en las que se cree que los niños tienen más habilidades, como las matemáticas, por ejemplo, cuando en realidad se trata sólo de estímulos e inducción semejantes.

Las mujeres que empezaron a formarse en ciertas profesiones, al inicio, elegían –o les eran permitidas- aquellas que eran una continuidad de lo que hacían en casa: educar, por ejemplo, o cuidar. Así, las mujeres que trabajaban fuera del hogar y eran bien vistas se desempeñaban como maestras o como enfermeras. Más tarde llegaron las abogadas, arquitectas o ingenieras.

El derecho al trabajo ha representado una larga lucha también. Las brechas salariales continúan y un número mayoritario de mujeres son parte de la economía informal. Las mujeres no tienen las mismas posibilidades de acceso al crédito ni de asesorías y capital para constituir sociedades y lograr la independencia económica.

Hay batallas que vienen de años respecto de las cuales se ve un avance continuo y sostenido. Hay otras luchas nuevas que se están librando en este momento. Lo más grave de todo es cuando algún derecho ya conquistado se ve de pronto amenazado. Esto nos mantiene en permanente alerta y nos da razones para continuar la acción iniciada por las generaciones de mujeres que nos precedieron. Nadie duda de que haya avances, pero todavía falta. El largo y accidentado y sinuoso camino hacia la igualdad tiene que seguirse recorriendo en compañía. Los esfuerzos aislados no son suficientes. Hacia allá se enfoca, con toda su energía y sororidad, el movimiento feminista contemporáneo.

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