En medio de la violencia exacerbada en la que nos encontramos, no deja de llamar la atención y achicar el corazón la imagen de madres que buscan. Buscan a sus seres queridos asesinados o desaparecidos y también, por algún lugar, a la justicia.

La icónica imagen de Rosario Ibarra llevando a su hijo Jesús Piedra visiblemente junto a su corazón desde los años 70, comenzó a no ser excepción, muchas madres y algunos padres han portado fotografías en la parte delantera del torso. Que se vean, que se conozcan, que se sepa que no están y que tenemos que encontrarlos.

Después de la muerte o desaparición del ser querido, las prioridades de las madres cambian. Dejan todo por un solo objetivo: después de enterrarlos o desenterrarlos, quieren saber qué pasó, exigir que, en alguna de las complejas instancias, se haga justicia. Comienza el peregrinar entre instituciones —la mayoría de las veces sordas— que les hacen repetir una historia que, a fuerza de ser recontada, magnifica el dolor.

Las madres descubren, luego de la tragedia, que una fuerza emerge de lo más profundo: es la fuerza provocada por la rabia. Las hace caminar kilómetros, buscar bajo el vivo sol y con todas las inclemencias del tiempo. Esperan, acumulan paciencia. Mucha paciencia.

La vida le cambió a Marisela Escobedo después de perder a Rubí. Se dedicó a buscar al responsable, a llevarlo a instancias judiciales que le fallaron. Ella también fue asesinada años más tarde a plena luz del día frente al palacio municipal de Chihuahua. Su voz terminó ahogada, su vida arteramente fulminada.

Ana Luisa Garduño fue recientemente asesinada en Temixco. Todavía no se conoce el móvil, pero sí sabemos que su razón de vivir era encontrar a los culpables de la muerte de su hija Karen. Para ello, fundó en Morelos la agrupación colectiva Ana Karen vive, A. C. Había sumado su fuerza a la de otras mujeres que exigían justicia. Había sumado su dolor a otros dolores.

Irinea Buendía jamás imaginó su vida más allá del mercado de Chimalhuacán, pero le mataron a Mariana. El primer paso fue echar para atrás la versión oficial del suicidio e ir tras el agresor que, con la protección de la fiscalía del Estado de México, durante años, siguió gozando de una libertad inmerecida. Doña Irinea ha recorrido un México que jamás imaginó conocer hablando de su hija, contando la historia, tratando de que no haya otras jóvenes que caigan en una espiral de violencia de la que no van a poder salir vivas.

Tessy no imaginaba organizar tendederos en las Universidades hasta que supo que su hija había sido violada en reiteradas ocasiones por su pareja. Otra forma de dolor, otra forma de muerte en vida. Otra necesidad de contarlo y de compartirlo para buscar que se rompa el silencio de muchas otras mujeres que pasan por lo mismo. El dolor, la impotencia, la rabia, la desazón, la necesidad de encontrar explicaciones dentro y fuera de todo.

Estas son algunas historias conocidas entre otras muchas que no alcanzamos a nombrar. Nombres de víctimas directas e indirectas. Las que pierden la vida, las que pierden la razón de vivir, las que encuentran maneras de no morir, las que mueren en el intento.

Y aquí estamos, ante el horror que se repite y que forma parte de historias interminables. Una mujer, dos mujeres, muchas mujeres. Suma de rabias, pero también de esperanza. Un deseo profundo de que la pesadilla termine pronto, que encontremos la manera de resignificar la vida.

Comité CEDAW/ONU. @leticia_bonifaz

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