La Constitución es tan Mexico core que cada vez que se reúnen para conmemorarla ocurre un desastre. Y casi siempre, el origen está en alguno de los Poderes de la Unión. En esta ocasión, la nota volvió a surgir desde la presidencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación: Hugo Aguilar permitió, sin el mínimo cuidado institucional, que dos de sus colaboradores le limpiaran los zapatos justo antes de ingresar a la conmemoración del 109 aniversario de la Constitución, en Querétaro.

Ese debió ser el centro de la discusión: la ausencia absoluta de cuidado institucional. Sin embargo, como ha ocurrido desde la conformación de la Corte actual, el debate se desvió rápidamente hacia terrenos conocidos: racismo, clasismo y misoginia. Personajes de la política que han sido abiertamente racistas, clasistas y antiderechos salieron a “indignarse”, exponiendo el rostro cuando el video ni siquiera permite identificarlo con claridad, los empleos previos y la imagen de Amanda Pérez Bolaños, directora de Comunicación Social y una de las colaboradoras involucradas en la limpieza de los zapatos.

Paradójicamente, muchas mujeres denunciaron el machismo del ministro presidente, pero lo hicieron replicando discursos profundamente revictimizantes y misóginos contra Amanda: memes, imágenes generadas con inteligencia artificial y comentarios que, lejos de cuestionar el ejercicio del poder, volvieron a colocar el foco en el cuerpo, la identidad y la trayectoria de una mujer que no tenía por qué convertirse en blanco público.

Si se observa el video completo, antes de que Amanda se agache hay un intercambio de conversación y risas. Es razonable inferir que ella no imaginó el alcance mediático que tendría ese momento, quizá pensada desde la cercanía laboral, terminaría convertida en escándalo nacional. Pero ese no es el problema. El problema es, otra vez, la narrativa: la utilización de las mujeres como adornos discursivos en disputas públicas, despojándolas de agencia y dignidad.

Sí, el ministro pudo y debió actuar de otra manera. Su conducta también revela qué tan normalizado está que el trabajo de cuidado y peor aún, que este trabajo sea leído como algo humillante recaiga sistemáticamente en mujeres. Pero lo más grave vino después. La respuesta institucional fue deficiente no tanto por lo que se dijo, sino porque se asumió, sin matices, que Amanda había redactado el posicionamiento oficial, insinuando incluso que se trató de una forma de gaslighting hacia ella, como si no tuviera criterio propio o como si su voz solo pudiera existir bajo la sombra del poder masculino.

Para colmo, en la conversación se invocó a la ministra en retiro Norma Piña: “al menos a ella no le limpiaban los zapatos”, “la dignidad de Norma Piña”. Comparaciones que, una vez más, colocan a las mujeres en pedestales simbólicos solo para fines narrativos. En la política y en el espacio público, pareciera que las mujeres nada más podemos existir como figuras perfectas, mártires o impolutas. Nunca como personas complejas, con agencia, contradicciones y derecho al error. Ya dejen descansar a la ministra.

Esta Corte llegó cargando múltiples problemas de origen. Lo verdaderamente frustrante es que, pese a saberlo, siguen cometiendo errores que los alejan de cualquier posibilidad de legitimidad. Y es una lástima, porque tan solo esta semana tomaron decisiones y debates relevantes, como el reconocimiento del derecho a contar con un acta de nacimiento provisional para infancias y adolescencias en procesos de adopción, o el criterio según el cual las aseguradoras deben pagar indemnizaciones sin topes legales cuando se reclaman daños derivados del incumplimiento de pólizas.

Pero esta Corte debe recordar la deuda que tiene: es producto de la erosión del Estado de derecho. Nos deben mucho. Y con este tipo de descuidos, ya ni siquiera dejan margen para defenderlos.

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dft

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