Hoy es 8 de marzo. Desde que comencé a involucrarme con los feminismos, esta fecha representaba mucho para mí. No solo significaba ir a marchar y encontrarme con otras mujeres en el camino, sino también la catarsis colectiva que ello implicaba y la sensación de que ese día marcaba, de alguna manera, el rumbo de las discusiones y luchas del resto del año.
Sin embargo, desde hace algún tiempo esa sensación se ha ido diluyendo. Y no por las mujeres en sí, ni por las jóvenes que siguen acercándose al movimiento, sino por las acciones del propio gobierno.
No se puede negar que en los últimos años se ha legislado para nombrar distintas formas de violencia e incorporarlas a la ley lamentablemente, casi siempre a través de reformas a los códigos penales. Tampoco se puede negar que hoy hay más mujeres en los congresos, que tenemos una mujer presidenta, gobernadoras, juzgadoras y, por primera vez, una mayor representación femenina en el pleno de la Suprema Corte.
El gobierno habla abiertamente de feminismos sin que sea un tabú. Existe el 25N. Usamos el pañuelo verde con menos miedo que antes.
Y aun así, algo parece no ir bien.
Desde que el gobierno se subió a esta agenda, muchas de sus discusiones se han despolitizado. La “perspectiva de género” se ha convertido, en demasiadas ocasiones, en una carta discursiva que sirve para justificar agresoras, abusos de poder o decisiones arbitrarias de mujeres que ocupan cargos públicos.
Mientras tanto, se persigue a la ciudadanía en debates superficiales y se vuelve a olvidar a las mujeres más vulnerables: aquellas que siguen enfrentando violencia sin políticas reales de prevención ni de atención.
La contradicción es evidente.
En los días previos a este 8 de marzo se hicieron públicos tres casos de feminicidio. También un caso grave de negligencia e impunidad frente a violencia sexual en un hospital público. Cuántos casos suceden a diario y no lo sabemos.
Frente a esto, insistir en que el género es la única explicación de la violencia resulta insuficiente.
De poco sirve repetir la narrativa de que “llegamos todas” si las legisladoras siguen pensando que crear más delitos es la única forma de protegernos; si continúan haciendo alianzas políticas con agresores; si siguen viviendo desde el privilegio mientras las mujeres más vulnerables permanecen fuera de la conversación; o si vemos a una alcaldesa feminista recibir premios de su símil en Madrid, abiertamente transfóbica.
A estas alturas, además, ya son demasiado evidentes las desigualdades entre nosotras y el nivel de desconexión que existe entre quienes hoy ocupan espacios de poder y los discursos que cada 8 de marzo se repiten.
De nada sirve hablar de feminismo si seguimos sin cuidados, sin seguridad para ir a la escuela o al trabajo, oportunidades laborales y si quienes finalmente llegaron al poder no están tomando estas responsabilidades con la seriedad que merecen.
Quizá por eso hoy, 8 de marzo, ya no sé qué pensar del 8M.
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