Las relaciones México-Estados Unidos están sujetas a variaciones políticas y de humor, pero también dependen de concepciones más profundas como el manejo del tiempo. No diré en este caso que haya que considerar diferencias civilizatorias, como lo sugería en algún momento Huntington, pero sí considero que hay formas de aproximarse al tiempo que están entrando en un proceso de divergencia. Los dos mandatarios llevan más o menos un año en el poder y los relojes y los calendarios son muy distintos.
Estados Unidos está presionando, por distintas vías, para que México permita la actuación de sus agentes en territorio nacional e informe de cuestiones tangibles en materia de seguridad y lo haga, además, con métricas indiscutibles. Claramente a Donald Trump los más de 40 mil detenidos y los 1,887 narcolaboratorios destruidos le parecen insuficientes y le urge poder decir que México ya es otro, que la situación es completamente nueva, debido a su presión directa sobre el gobierno de Claudia Sheinbaum. México, sin embargo, avanza a su ritmo, paso a pasito, sin tocar las estructuras de complicidad política y económica y con una liturgia política bizantina.
En un año de gobierno, Trump, sin tocar la Constitución y a golpe de órdenes ejecutivas, ha transformado no solamente la política americana, sino la del mundo. Es un tipo práctico, extraordinariamente resolutivo, peligrosamente vertical. En contraste, México sigue con rituales políticos y liturgias constitucionales, en las que el tiempo parece detenerse y nadie tiene prisa por entregar resultados. Todo con calmita. Se ha consumido más de un año del gobierno de Sheinbaum con reformas de todo tipo, la mayor parte de ellas poco productivas. La acción del gobierno no se siente vigorosa en acelerar los cambios ni en infraestructura (siguen sin terminar el México-Toluca, el AICM en obra permanente), ni en servicios públicos. El gobierno se mueve lentamente y permite que las cosas vayan macerándose, como en una vieja receta de cocina. Ahora la presidenta nos meterá en un largo pantano de discusión electoral que, como dijo el diputado Sandoval, no tiene utilidad práctica. En el fondo la presidenta está haciendo lo único que sabe hacer nuestra clase política, que es alargar las decisiones y no enfocarse en cambiar la realidad. Las reformas nunca terminan y las decisiones de fondo nunca se toman. Si quisiera ahorrar en el sistema electoral empezaría por no inventarse revocaciones, consultas y elecciones judiciales y si quisiera independizar a su partido del gasto público, bastaría con tener la voluntad política.
Nuestra aproximación con el tiempo es compleja; en México se pueden perder meses en bizantinas discusiones que no mejoran ni la eficiencia administrativa, tampoco fomentan el crecimiento ni adecentan la administración de justicia. Este rasgo, profundamente mexicano, de llevar las cosas con calma, se refleja en prácticamente todos los actos del gobierno, empezando por “la mañanera”. ¿Qué presidente puede dedicar más de dos horas a un programa de televisión sin que sus temas sustantivos se vean relegados? Platicar con youtubers a modo, aunque no la exponga a un escrutinio exigente, requiere de una energía que naturalmente le resta a otras actividades presidenciales.
Trump, por el contrario, no pierde horas en pantalla; a través de un mensaje en redes sociales o una entrevista con el medio preciso fija la agenda y usa su tiempo tal como Franklin lo sugería. Hoy la presión a CSP para dar resultados, en el fondo, implica cuestiones delicadas, como la intangibilidad de la narcopolítica y esta aproximación con el tiempo; en México las cosas de Palacio van despacio, casi como el crecimiento económico.
Analista. @leonardocurzio

