Es un asunto propio de la física: a cada acción corresponde una reacción. Al muy interesante y revelador libro de Julio Scherer y Jorge Fernández Menéndez ha correspondido una serie de reacciones que merecen un análisis detallado.
Al libro, que ha generado un estruendo en la conversación pública y que ya está circulando por todos los canales, le debemos un cuadro muy preciso de cómo operó el sexenio de López Obrador. Un sexenio que puede dividirse en dos; uno en el que jugó con dos barajas: la moderada e incluyente, contrapesando la ideología y por el otro el líder radicalizado. Un gobierno al que le fueron quitando capacidades institucionales, dependía cada vez más de la influencia de los cercanos al presidente. Algunos jugaban un papel moderador y otros, poco a poco, fueron llevando al presidente a posturas con las que, de manera casi intuitiva, López Obrador se sentía cómodo. Posturas casi teatrales, como ésta de envolverse en la defensa del maíz nativo para asumirse como el depositario de la esencia nacional que, por cierto, repite Jesús Ramírez en sus redes sociales.
La soberanía de los ductos, de la ciencia que nos iba a dar un glifosato hecho en México, eficaz e inocuo, se usaron como argumentos para prevalecer en el ánimo de un presidente predispuesto. Envolverse en la esencia nacional para poder señalar con el dedo flamígero a todos los demás, es una estructura de pensamiento casi donatista.
Pero lo más interesante es constatar que parte de la clase dirigente, en vez de tomar nota de lo que un libro, escrito no desde la crítica partidista, sino desde la profunda vinculación y participación activa en la creación del movimiento, tiene que decir. La respuesta, casi cubana, de Luisa María Alcalde de equiparar toda crítica a un personaje como un ataque a la 4T es inquietante.
Esta reacción acredita que la 4T se ha convertido en un sistema que permite a muchos vivir del mismo, basta repetir cuatro latiguillos identitarios ligados al gran catequizador y eso ampara ambiciones y proyectos personales, de manera muy similar a como los Papas tienen que convivir con la curia, es decir, por un lado, un señor que proclama todas las bondades y por el otro, un montón de ancianos ambiciosos que buscan saciar todos sus apetitos. Todo junto y cada quien saca lo que quiere.
El libro de Julio y Jorge es un llamado de atención para no perder perspectiva. El movimiento creado por AMLO ha tenido, en muy poco tiempo, una evolución de movimiento social a una clase dirigente que cada vez esconde peor sus debilidades de formación y la debilidad de su ética pública. Por eso pueden defender una cosa y luego la otra, por eso son incapaces de tener un debate que no incluya tesis, sino descalificaciones, y por eso pueden mentir con aplomo, como lo hace Ramírez Cuevas, diciendo que él nunca sembró preguntas en la mañanera o que no organizaba granjas de bots. Si puede decir eso, no puede uno evitar pensar en que Fidel Velázquez se proclamara un defensor de la democracia sindical. Cuando se puede mentir tan abiertamente, sin resquemores y sin que desde el poder te llamen a capítulo, es que el sentido elemental del Pepito Grillo, que nos habla a todos, ha dejado de funcionar en muchos de quienes mandan en este país.
Quiero suponer que, en buena lógica, un libro como el de Julio y Jorge debería despertar la autocrítica y hacer un llamado a la corrección y no a castigar y tratar de estigmatizar a los autores, o peor aún, querer silenciarlos. Se lo dijo AMLO: te van a querer lastimar.
Analista. @leonardocurzio

