Uno de los argumentos más repetidos por los observadores de la política y periodistas internacionales, es que la presidenta ha manejado con pericia y sangre fría las relaciones con Trump. Esta percepción le ha dado mucha tracción en el exterior. Para quienes ven desde fuera, la política mexicana es casi un lugar común. Como todo lugar común, tiene mucho de cierto. Ha sido cauta hasta el extremo y muy prudente en el trato personal, incluso en momentos en los cuales Trump ha optado por hacer escarnio de ella o sugerir que no tiene el control territorial.

La presidenta, además, se beneficia de la intrascendencia de la oposición. Nadie la constriñe a reaccionar airadamente. Baste recordar la forma en que López Obrador presionaba a Peña Nieto cuando el entonces presidente no reaccionaba ante los insultos que Trump profería en contra de los migrantes. Claro está que el acomodaticio López Obrador cambió de opinión cuando fue él quien tuvo que presentarse ante Trump. Entonces optó por un tono almibarado y zalamero, muy lejano al que exigía a su predecesor. La presidenta no tiene ninguna exigencia interna para plantar cara, ni siquiera ante asuntos tan graves como los mexicanos que han muerto a manos de ICE.

Buena parte de la comentocracia se ha instalado en no cuestionar la infinita tolerancia que la presidenta muestra con el americano, por ver en ella más virtudes que defectos. Probablemente sea cierto. Lo que es innegable es que esa tolerancia con el inquilino de la Casa Blanca contrasta con lo subido de tono de otras reacciones. Pienso en la respuesta al comité contra las desapariciones, que ha sido de una inusual firmeza burocrática. También se recuerda el berrinche histórico que le montaron al gobierno español por no ofrecer la trillada disculpa, que ahora quedará diluida con su próxima visita a Barcelona. Ahí sí el gobierno mostró su tono más definido y no el desenfado que muestra con los embates de Trump, con quien mantiene el sentido de la mesura.

Lo que llama la atención en la última encuesta de Alejandro Moreno es que la opinión de la gente común no está cerca de la percepción de las élites. A la pregunta de ¿cómo calificaría la manera en que el gobierno de Claudia Sheinbaum trata la relación con Trump?, el porcentaje de aprobación ha bajado del 70% que tenía en noviembre del 2025, al 55% en marzo del 2026. Y el porcentaje de aquellos que la desaprueban se ha movido del 21% al 32% en el mismo período. Estamos hablando de 26 puntos de variación en 5 meses.

La siguiente pregunta tiene que ver con las relaciones entre México y Estados Unidos. Aquí el contraste es todavía mayor, porque a pesar de que se ha tratado de dar una imagen de que las llamadas entre los presidentes son siempre muy cordiales y productivas y que la negociación en los ámbitos más relevantes camina por senderos del entendimiento, el 51% veía que las relaciones eran malas y un 31% buenas. Aquí tenemos también un movimiento interesante de la aguja. En noviembre del año pasado, el 57% creía que eran malas y ahora tendríamos una contracción de 6 puntos y las personas que creían que eran buenas pasaron del 36 al 31% en el mismo periodo.

La percepción, por tanto, parece segmentada y la idea de una eventual ratificación del T-MEC y una reducción de la presión por aranceles en fentanilo, no es percibida como algo cercano por un amplio sector de la opinión pública. Veremos.

Analista. @leonardocurzio

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