Con el tiempo todo va perdiendo densidad. Con la explosión masiva de las tecnologías todo se convierte en producto desechable. Vemos series que en dos semanas no recordamos quien las protagoniza; las películas pasan sin dejar huella. Los libros se han vuelto tan perecederos como en otro tiempo las revistas. Ya no leemos periódicos por la insoportable levedad de las redes y cada día nos cuesta entender más cosas, porque nuestra atención está atomizada y permanentemente requerida por nuevos estímulos.

La política no es ajena a esta erosión. Después del fracaso de la Comisión electoral, el gobierno se encamina hacia la fonda donde sirven atole con el dedo. La propuesta, respaldada ex ante por los gobernadores del oficialismo (edificante imagen de servilismo) no puede ser más anticlimática: pedir que se consulte al pueblo para reducir los costos del sistema electoral y de los Congresos locales es llevarnos a la esquina más triste del debate político electoral de los últimos 30 años.

Compactar los presupuestos de los congresos es algo tan sencillo como que las mayorías lo deseen. ¿Reducir el número de regidores es realmente relevante? Cada año recortan dinero al Judicial y a la Fiscalía sin necesidad de reformar nada. El dinero de los congresos es una decisión de la mayoría en cada entidad. El Congreso capitalino es el mejor ejemplo de un agandalle sistemático del movimiento de la presidenta. Los diputados requieren grandes cantidades de dinero para hacer gestoría y campaña. La propia lógica de la no reelección fomenta que salten de la delegación a la diputación y de ahí a un distrito federal. Todo está hecho para la vida de los saltamontes.

El Plan B tiene menos densidad argumentativa que una película de Bruce Lee. Está muy lejos de un debate democrático que permita, entre otras cosas, mejorar las capacidades del Poder legislativo para auditar y servir de contrapeso. El problema de este país no es la dimensión del Legislativo, es la hipertrofia del Ejecutivo que puede recurrir a situaciones tan vergonzosas como la compra de legisladores para aprobar sus reformas. Cambiar la fecha de la revocación es, otra vez, fracturar el consenso constitucional pactado para la instauración de esa deformada herramienta y darle más instrumentos a un ya poderoso Ejecutivo ¿en serio?

Es muy triste tener que debatir ese Plan y decir que el movimiento que “está haciendo historia” no tiene mejores ideas que seguir exprimiendo el simplismo más clamoroso. Si quisieran gastar menos bastaría con hacer caso a Escobar, quien les propuso que todos estuviesen en una misma asignación de 600 millones y a partir de ahí competir. Tan simple como eso. Pero como no lo quieren aceptar, disfrazan todo de debate político, barroco y florido, pero detrás del argumento no hay más un ánimo de cubrir el espacio con propuestas baladíes.

El atole con el dedo se da cuando un gobierno no te ofrece servicios ni te garantiza la exigibilidad de tus derechos, pero a cambio de ello te promete que reduciendo el número de regidores esto va a funcionar mejor.

La política cada vez pierde más densidad y la verdad es que estar discutiendo estos temas, cuando tienes encima una revolución tecnológica que va a cambiar el mundo del trabajo y un deterioro creciente de la calidad de vida en las grandes urbes, es cada vez más tedioso. Lo lograrán a este paso: nos matarán a todos de tedio y seguirán en el poder explicando, con coartadas cada vez más desgastadas, por qué a pesar de la enorme concentración de poder que tienen el país a penas se mueve.

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