La relación entre México y los Estados Unidos es asimétrica, pero en el fondo se rige por el paradigma de la mutua destrucción. La capacidad de hacerse daño recíprocamente es enorme y los dos gobiernos lo saben.

López Obrador ha pedido una disculpa a su contraparte norteamericana tras la publicación de tres artículos muy delicados para su reputación. Y es que más allá de que sean ciertos todos los detalles que ahí se revelan, el texto de Tim Golden, por ejemplo, tiene cuatro elementos potencialmente muy dañinos.

El texto tiene coherencia interna, es decir, no es un conjunto de fabulaciones deshilvanadas.

Es verosímil, es decir, se puede imaginar perfectamente que algo así pudo haber ocurrido, lo cual no quiere decir que efectivamente aconteció.

No es una conducta ajena o inusitada. Lejos de haber acotado el uso de dinero en campañas electorales, la 4T ha sido pródiga en usar recursos públicos legítimos y muchos otros de origen dudoso para funcionar, primero como oposición y ahora como gobierno. Hay toda una historia de asociaciones como “Honestidad Valiente” y fideicomisos que han quedado en la más flagrante opacidad, valga la paradoja.

Se dio crédito en el pasado a acusaciones igualmente precarias de la DEA en contra de sus enemigos políticos y no se descalificó con contundencia el uso de testigos protegidos y soplones para enfangar prestigios.

El relato, entonces, viene a manchar el prestigio de quien se ha auto conferido una gran autoridad moral. No es fácil explicar a quien celebró con bombo y platillo el enjuiciamiento y condena de Genaro García Luna que, con la misma ligereza con la que se culpó al exsecretario, se puede culpar a su gobierno y decir lo que se quiera. En el caso de García Luna el relato era coherente desde el punto de vista interno y el contexto en el que se daba lo hacía verosímil. No ocurrió así con la acusación al General Cienfuegos, porque el desparpajo con el que se construyó, se caía por su propio peso. La acusación era insostenible y claramente motivada por un ánimo de minar la legitimidad de las instituciones de seguridad mexicanas y anticipar una política musculosa por parte de los halcones, argumentando que en México todo mundo está podrido. El gobierno no se dio cuenta que cuando se condenaba a García Luna con acusaciones endebles, pero verosímiles, estaba cavando su propia tumba, como lo adelantaron los más preclaros observadores de la seguridad en este país.

Hoy la comprensible indignación presidencial se enfrenta a la falta de coherencia en su postura pública, pues lo que le pareció bien empleado en detrimento de sus enemigos políticos, le resulta intolerable cuando se usa para combatirlo a él por las carretadas de dinero que su movimiento sigue manejando sin la transparencia debida.

Quizá esto sea un mecanismo de presión al gobierno para avanzar en su agenda y obtener un mejor trato, pero es probable que no consigan ni una cosa ni otra. Si el presidente se niega a cooperar en materia migratoria puede generar una crisis mayor en la frontera; también puede bajar el nivel del compromiso que últimamente ha mostrado en el combate al fentanilo. Claro que eso puede ocurrir y de paso ayudar a Trump, pero las consecuencias pueden ser tremendas. Un ejemplo: ¿Qué pasaría si Estados Unidos decidiera poner en revisión las remesas durante un período o cerrar la frontera con actitud amenazante? En las guerras todos pierden y además le pondría a Claudia Sheinbaum una muy complicada situación.

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