Dice una famosa petenera que en Sierra Nevada lloraba un moro que perdió el alma; las tradiciones patriarcales cuentan que le recriminaron: “No llores como mujer lo que no supiste defender como un hombre”.

En América Latina sucede algo similar. La descarnada expresión del imperialismo norteamericano no puede contenerse con declaraciones y la forma en que los gobiernos de Colombia y otros más van alineándose ante el hecho consumado lo demuestran.

América Latina queda en una situación lamentable, pues vuelve a su condición de patio trasero y no tiene ni autoridad moral, mucho menos poder, para revertir una situación tan desafortunada. El punto central de esta nueva realidad se desprende de la incompetencia general de nuestra clase política para entender que el nombre del juego en las relaciones internacionales es adquirir poder e influencia para interactuar en el sistema internacional. La sucesión de gobiernos que ha tenido América Latina en este siglo XXI, con la excepción uruguaya y durante mucho tiempo la experiencia chilena, han sido gobiernos que en vez de engrandecer el Producto Interno y proveer prosperidad a sus países, se han dedicado a hacer una política lamentable de perpetuación del poder.

Más que mejorar la capacidad económica de la región, las élites gubernamentales se han dedicado a reformar constituciones y confeccionar reformas electorales para seguir “chupando del bote”. Una mirada retrospectiva nos permite ver que América Latina no pesa más en el producto mundial que a inicios del siglo; prácticamente ninguna patente o empresa latinoamericana juega en la nueva economía. Los gobiernos carecen de la autoridad moral suficiente para cambiar la trayectoria de los acontecimientos. No somos una región respetada y por eso Trump actúa como Pedro por su casa, o mejor aún su patio trasero, porque sabe que no hay gobierno que tenga ni la capacidad ni la autoridad para decir “por ahí no”. Los mejor constituidos eluden los dardos como pueden y tratan de trasladar culpas a la ONU y a otros ámbitos para evitar raspar demasiado la relación con el inquilino de la Casa Blanca.

No es cuestión de enjuiciar críticamente a los gobiernos actuales, hay un estrechísimo margen para gestionar este frente regional, pero lo que es claro es que hoy tenemos una región, que a diferencia de los primeros años del siglo, en los que América Latina se presentaba con más fuerza y autoridad ante el gobierno de Bush, hoy tenemos una debilidad estructural cosechada de manera cuidadosa, por pésimos gobiernos que han decidido olvidarse de mejorar la infraestructura, los sistemas educativos y, en términos generales, el prestigio de sus países.

América Latina debería reflexionar sobre la debilidad estructural que tiene y que explica la arrogancia con la que el gobierno americano se conduce. Si la próxima generación no entiende la demagogia populista o la incapacidad de pactar reformas de Estado para dar continuidad a las instituciones y las políticas, seguiremos en este pantano y por tanto, seguiremos teniendo un continente débil y sujeto a toda clase de humillaciones. Pero que conste que los gobiernos que nos han llevado a la debacle han tenido (casi todos) gran apoyo popular, así es que en América Latina está claro que hay que cambiar desde la base un sistema que no entiende lo público y la función del Estado. Si no, lo que haremos será seguir reproduciendo pobreza, debilidad y tendremos que contarle a las generaciones venideras que no supimos construir Estados fuertes y respetables.

Analista. @leonardocurzio

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