Un afamado politólogo (Michels) escribió aquello de la “Ley de hierro de las oligarquías” para referirse a las dirigencias partidistas. Según la ley de marras, los partidos tienden a ser dominados por una pequeña minoría. En el caso del sistema político parece ocurrir algo similar, pues no importa el origen ideológico del que se venga, las élites tienden a concentrar poder para su disfrute y a comportarse de una manera similar.
La élite que hoy gobierna este país tiene múltiples orígenes; algunos vienen de la lucha democrática y muchos otros de aparatos corporativos y clientelares; algunos más provienen del mundo sindical y de la esfera globalifóbica, aquella que se movilizaba contra el libre comercio. Con raíces diversas, pero ya instalados en el poder, nuestros jerarcas tienden a reproducir patrones de conducta de sus predecesores, como si hubiese una suerte de condicionamiento social, un funesto aspiracionismo que los induce a replicar los viejos modales y las inveteradas inercias.
La primera es que el apego a la verdad se convierte en algo parecido a una tarjeta de crédito: se usa cuando se tiene necesidad. Es increíble ver cómo un episodio tan menor (como el de una mujer en la ventana de Palacio) ha puesto a los comunicadores oficiales en tales predicamentos y en tal nivel de desgaste. Recuerdo los trapecios a los que saltaban los comunicadores de Peña Nieto para decirnos lo bien que estaba el país y lo poco empáticos que éramos los comunicadores con el gobierno. Ellos, que fueron autores de la frase de “ya chole con tus críticas”, son los inspiradores de esta nueva generación que recuerda con algunas variantes, por supuesto, los tiempos de defender hasta la ignominia al gobierno.
La segunda son los privilegios, el status. Es cada vez más cómico que pregonen que nadie cobra más que la presidenta. A partir de la exhibición pública de su riqueza se puede deducir que eso es tan falso como que la “luna es de queso”. Nadie que gane menos de 150 mil pesos puede tener una camioneta de 2 o 3 millones, a menos que viva absolutamente hipotecado o tenga una esposa millonaria. En todos los países serios el sistema del impuesto sobre la renta se controla con un impuesto patrimonial. No puedes tener un patrimonio de millonario y un sueldo de funcionario público. Pero ya es tan evidente lo que ocurre que les da igual. Suburban y Land Rover son el paisaje normal en los eventos oficiales. Es decir, se comportan exactamente como lo hacían sus predecesores. La Ley de hierro se cumple.
La tercera es que una parte de las familias de los poderosos se convierte, por arte de magia, en empresarios. Los allegados al poder descubren que tener una constructora, una consultora o una proveedora de servicios es una gran idea. El emprendedurismo en México depende de que tengas amigos en el gobierno (y si hay parientes, todavía mejor). Decía López Obrador que no había negocios en este país que no se hicieran sin el conocimiento del presidente y ahora sabemos que sus familias (consanguínea y política) descubrieron su vocación empresarial justamente cuando él estaba en el poder.
Poco espacio hay para la duda. El oficialismo insiste en hacernos ver un país que no existe y una vocación de cambio que se queda en la declaración. Cada vez se parecen más a sus predecesores y demuestran que el comportamiento de nuestra élite y su cultura política no eran rasgos exclusivos del priismo, sino que están tremendamente arraigados en la cultura nacional.
Felices Pascuas…
Analista. @leonardocurzio

