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León Krauze

Hace poco más de un mes, Donald Trump decidió tomar la sartén por el mango. No de las decisiones sensibles de política pública, sino de la propaganda y la narrativa, que es lo que realmente le interesa y le atrae. Para eso, comenzó a presentarse todas las tardes en la sala de prensa de la Casa Blanca para compartir algunas declaraciones sobre la batalla contra el coronavirus y luego contestar preguntas de los corresponsables acreditados a la fuente presidencial, que en Estados Unidos son los periodistas políticos más experimentados y destacados del país. Las conferencias de prensa de Trump resultaron un gran éxito de audiencia, no tanto por la presencia del propio presidente sino por la mayor de las obviedades: en medio de una pandemia, la población necesita información y claridad. Trump tenía otras ideas.

Casi de inmediato, Trump comenzó a utilizar su comparecencia diaria frente al país para celebrar tramposamente su respuesta a la crisis, identificar y atacar a sus supuestos contrincantes, descalificar de manera cotidiana la labor de la prensa, difundir teorías de la conspiración e incluso recomendar, de la forma más irresponsable que uno pueda imaginar, supuestas curas al virus. Las usó, sobre todo, para tratar de establecer una nueva narrativa que le conviniera: que él, a diferencia de lo que sugiere toda la evidencia que existe sobre sus errores y omisiones, supo entender y controlar la pandemia desde un principio. En las conferencias de prensa, Trump ha insistido que el gobierno que encabeza ha respondido a la perfección al reto del virus (falso) y sugerido que Estados Unidos es ejemplo para el mundo (más falso). También se ha dado el gusto de sugerir que, en una crisis, el poder del presidente de Estados Unidos es absoluto y se ha lanzado contra la soberanía de los gobiernos estatales, muestras, ambas, no solo de desinformación elemental (debería leer la Constitución del país) sino de descaro.  Entre otras, decenas de mentiras o medias verdades, Trump sugirió que una medicina contra la malaria podría servir contra el virus (se ha comprobado que no es así) o exageró la capacidad estadounidense de ofrecer pruebas de diagnóstico a la población. Por supuesto, Trump ha usado las conferencias, y aprovechado la atención de los medios, para atacar a los demócratas y a su candidato presidencial, Joe Biden, transformando las sesiones de solemne información de interés público durante una crisis en una suerte de vulgar evento de campaña.

El colmo ocurrió el jueves pasado, cuando Trump tomó el micrófono para sugerir que, quizá, sería bueno considerar la inyección de desinfectantes u otros líquidos de limpieza para tratar el virus. De tan demencial, la declaración escapa incluso la posibilidad de parodiarla. Pero es ilustrativa de un presidente absolutamente rebasado por un momento histórico que no había presupuestado. Trump se había pensado como una figura transformadora en la historia del país y ahora se ha visto obligado a administrar una tremenda emergencia sanitaria que desembocará en una larga crisis económica.

Sobra explicar el peligro de tener a un presidente narcisista rebasado por las circunstancias y obsesionado con retomar el control de la narrativa. A pesar de que, al menos por esta vez, la incapacidad de Trump es mucho mayor a su capacidad para  engañar a millones, lo cierto es que, con las conferencias de prensa diarias como escenario ideal para su propaganda, Trump bien podría haber convencido a suficientes estadounidenses de que no ha sido el desastre que ha sido. A Dios gracias, es ahí donde interviene el poder del periodismo.

Cada día, en su intento por reescribir la historia, Trump se ha topado con el trabajo serio e implacable de los reporteros de la fuente de la Casa Blanca. Los periodistas han hecho las preguntas correctas y han insistido, con elegancia y firmeza, cuando han debido hacerlo. Están mucho mejor informados que el presidente, y se nota. Trump ha respondido como lo hace con creciente frecuencia: descalificando y agrediendo a los reporteros y a los medios de comunicación que representan, a los que califica de falsos y mal intencionados. Trump ha sugerido que es víctima de una conspiración, con medios de comunicación empecinados en reportar solo lo malo de lo que sucede. Pero los reporteros no han permitido que la intimidación presidencial los ahuyente. Ante la agresión han reaccionado con periodismo, informado y contundente. ¿El resultado? De pronto, después del fiasco de los desinfectantes y su escrutinio periodístico, Trump decidió cancelar sus conferencias de prensa diarias. Antes que enfrentar todos los días un diálogo libre y sofisticado con periodistas preparados, Trump ha preferido retirarse. Es una muestra perfecta de cómo debe combatirse no solo la desinformación sino la voluntad propagandística y megalómana de los políticos.
Ningún político puede tergiversar la realidad a su conveniencia en interés si del otro lado tiene, de manera cotidiana, al verdadero periodismo, el que se dedica a la investigación y la crítica antes que a la adulación, el que no permite que le usen para la propaganda. Así de claro.

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