Aunque todavía es un hombre joven, Marco Rubio lleva quince años en el centro de la política estadounidense. Ha tenido varias facetas. En sus primeros años en Washington, fue una de las voces más sensatas en la agenda migratoria. Encabezó el esfuerzo por una reforma integral, lo que le ganó la portada de la revista Time en 2013, que lo llamó “el salvador del Partido Republicano”.
Tres años después, buscó la candidatura presidencial. Se topó con Donald Trump, que lo humilló públicamente y destruyó su campaña con una mezcla de burla y brutalidad política. Rubio entendió la lección. El camino hacia el poder dentro del Partido Republicano pasaba por la lealtad.
Desde entonces, ha sido uno de los intérpretes más eficaces del trumpismo en política exterior.
Durante la primera presidencia de Trump, Rubio ejerció influencia desde el Senado. Esta vez, como secretario de Estado, su posición es distinta. Tiene el poder formal y el escenario global que antes no tenía. Su objetivo, sin embargo, no ha cambiado. Rubio quiere ser presidente de Estados Unidos. Y entiende que la política exterior es el terreno donde puede demostrar que está listo.
Para eso usó la Conferencia de Seguridad de Múnich.
Rubio subió al podio con un mensaje claro. Estados Unidos sigue comprometido con Europa. Reconoció el papel del continente en la defensa de Ucrania. Habló de historia compartida. Fue respetuoso.
Muchas voces europeas apreciaron el cambio. Tienen razón. Después de meses de confrontación abierta, que tuvo su momento más alarmante en el discurso hostil del vicepresidente J. D. Vance el año pasado en el mismo espacio, el contraste es importante. Pero no hay que confundirlo con un viraje real en la política exterior trumpista.
Rubio no sugirió que Estados Unidos regresará al papel que desempeñó durante décadas como garante incuestionable del orden liberal internacional. Insistió en que Europa debe asumir una mayor responsabilidad en su propia defensa. Reafirmó el uso de presión económica como instrumento legítimo de política exterior. Habló de las alianzas en términos de interés nacional. Insistió en que la migración es una amenaza civilizacional.
Es la visión del mundo que ha definido al trumpismo desde el principio.
Lo que Rubio ofreció en Múnich fue una versión más disciplinada de ese proyecto. Sin estridencias. Con una comprensión clara de que el poder estadounidense depende también de la confianza de sus aliados. Ese control es parte de su apuesta política.
El discurso de Múnich también abre una nueva etapa en la batalla interna dentro del movimiento trumpista. Después de la elección de medio término de noviembre, la atención se concentrará en la sucesión presidencial rumbo a 2028. Hasta ahora, el favorito ha sido Vance, representante de la versión más agresiva del proyecto, tanto en la política interna como en la exterior.
Pero Munich puede ser un parteaguas.
El discurso identifica a Rubio como una alternativa viable dentro del mismo movimiento. Su eventual candidatura no implicaría un regreso al Partido Republicano anterior a Trump. Ese partido ya no existe. Pero sí podría representar una versión más disciplinada, más predecible y menos abiertamente hostil hacia el sistema de alianzas que ha definido el poder estadounidense durante generaciones.
La pregunta es si el propio trumpismo permitirá esa evolución. El movimiento ha prosperado en la confrontación y la ruptura. Rubio ofrece continuidad, pero con una suerte de pragmatismo decente. En estos tiempos, eso ya es ganancia. Habrá que ver si prospera.
@LeonKrauze

