Hay en el mundo un eje autoritario concentrado en aprovechar las herramientas de la democracia para desvirtuarla, erosionar libertades y acumular poder personal o en estructuras de partido. El resultado es el surgimiento de democracias iliberales, donde los votos se depositan y se cuentan formalmente, pero la oposición enfrenta contextos estructuralmente adversos, mientras los autócratas ejercen un dominio pernicioso múltiple: sobre los medios de comunicación, las cortes, un empresariado oligárquico y mucho más.

En Europa, el modelo autoritario más sofisticado es el que ha desarrollado en los últimos 20 años Viktor Orbán y su partido, Fidesz. A partir de un mensaje que abreva en el victimismo, el etnonacionalismo y el populismo económico, Orbán ha desgastado metódicamente todas las instituciones democráticas de su país hasta convertirse en un dictador de facto, cuya remoción parecía poco menos que imposible.

Solo una ola de repudio, un movimiento tan amplio que se volviera inapelable, podía lograr removerlo del poder. Con la complicidad de los medios y el abierto apoyo de otros regímenes autoritarios o con aspiraciones autoritarias, como Rusia y Estados Unidos, ese escenario parecía muy improbable.

El domingo, la ola llegó a Hungría.

De acuerdo con los resultados preliminares, el candidato de oposición, Péter Magyar, venció a Orbán. A reserva de lo que ocurra en las próximas horas, la probable derrota del autócrata húngaro ofrece lecciones interesantes.

La primera es el origen político de su rival. Magyar logró articular una alternativa no desde las estructuras tradicionales, sino desde una nueva iniciativa que surgió dentro del propio entorno de Orbán. Fue cercano al líder húngaro hasta que una serie de escándalos los distanció, lo que lo llevó a formar una opción opositora. Lo hizo no desde las grandes ciudades, sino con un énfasis en el voto suburbano y rural, donde se concentra buena parte del electorado húngaro susceptible de convencimiento.

Otra pieza clave ha sido el desempeño objetivo del régimen de Orbán y la percepción pública. A diferencia de otros gobiernos de vocación autoritaria, como el de Nayib Bukele en El Salvador, Orbán no puede presumir buenos resultados. Hungría es un país con altos niveles de corrupción y bajo crecimiento económico. Tampoco ha sabido construir una narrativa de éxito que beneficie claramente a los sectores más vulnerables. Años de escándalos de distinta índole, incluidos escándalos morales que exhibieron la hipocresía de un régimen que se presenta como defensor de valores tradicionales, fueron erosionando su imagen pública.

Como explicaba el periodista Kapil Komireddi en un notable reportaje previo a la elección húngara, estos escándalos “convirtieron a un gobernante profundamente temido en un ‘hazmerreír’ (…) lo más peligroso para un régimen autoritario”.

Al final, en suma, la oposición húngara logró unirse en torno a un líder que había surgido de la propia estructura del partido hegemónico y que, desde ahí, aprovechando el creciente desprestigio del líder y su entorno, consiguió lo que parecía imposible: destronar a uno de los pilares del eje autoritario, aliado de las peores causas y las peores personas.

Si los húngaros logran mantener ese impulso hacia la libertad y la democracia, la elección de ayer podría convertirse en un gran día no solo para ellos, sino para el resto del mundo, con lecciones para otras oposiciones que creen imposible derrotar regímenes que se asumen eternos.

@LeonKrauze

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