Repasemos los hechos. El sábado, México empató a cero con Portugal, uno de los candidatos a ganar el campeonato del mundo. A México le faltan al menos siete jugadores lesionados. Portugal jugó buena parte del partido con su equipo titular, incluido un mediocampo que es, quizá, el mejor del planeta. Los portugueses tuvieron oportunidades claras, pero México también. Al final, el empate fue justo.
¿Cómo reaccionó la afición mexicana?
Celebrando con olés el dominio portugués de la pelota en el segundo tiempo. Gritando improperios al portero mexicano. Aplaudiendo fervorosamente el ingreso a la cancha de… un delantero portugués que juega en México (al mismo tiempo que abucheaba a jugadores mexicanos). Y, finalmente, con un coro de reproches al final del partido, como si la selección mexicana no acabara de jugarle de tú a tú a un protagonista serio del futbol mundial.
El ridículo de la afición en el nuevo Estadio Azteca culmina una semana triste y reveladora alrededor del futbol en México.
Ahí está la reacción de parte de la opinión pública en México, o al menos de la que se refleja en nuestras tóxicas redes sociales, ante la remodelación del Estadio Azteca. Los responsables del estadio han explicado hasta el cansancio que no está concluido. Después del sábado queda claro que hay cosas que corregir, sobre todo en el proceso de ingreso. Aun así, en el partido, el estadio se vio tan extraordinario e imponente como siempre. Ha sido un orgullo de México desde su inauguración hace 60 años.
Los periodistas portugueses que lo visitaron publicaron fotografías como quien pasea por una catedral. Así nos ven desde afuera. Desde adentro, en cambio, nos miramos con mezquindad sistemática.
Para eso también sirve el futbol: para exhibir hasta qué punto somos capaces de enlodar lo valioso que tenemos.
Un ejemplo más claro, quizá, es la reacción alrededor de Guillermo Ochoa. De un tiempo a la fecha, la afición mexicana se ha dedicado a descalificarlo. En algunos casos, la virulencia ha sido seria. No basta con cuestionarlo como atleta: se le agrede como persona.
¿Por qué?
Como persona, no lo merece. Es un tipo discreto, ajeno al escándalo, que lleva décadas haciendo lo mismo: jugar al futbol. No hay en su trayectoria pública una sola nota de soberbia, de frivolidad o de desprecio hacia la afición.
Y, como futbolista, el expediente está ahí, para quien quiera verlo sin prejuicios.
En Brasil 2014, Ochoa firmó una de las actuaciones más extraordinarias que se recuerden en una Copa del Mundo: el partido contra Brasil es difícil de creer. En Rusia 2018 fue pieza clave en la victoria histórica ante Alemania: sin él, ese triunfo simplemente no ocurre. Y en Catar 2022, en medio de un torneo gris para México, le detuvo un penal a Robert Lewandowski, prácticamente infalible desde los once pasos, dejando al goleador polaco al borde de las lágrimas.
Es decir: sin ser perfecto, Ochoa ha sido un tipo serio, esforzado y proveedor constante de alegrías. Entonces, de nuevo: ¿por qué el linchamiento?
Hace poco, Sebastián Abreu, hoy técnico en Tijuana, se hacía la misma pregunta. A propósito de Ochoa y su participación en una sexta Copa del Mundo récord, Abreu lo dijo con claridad: en México existe una tendencia a destruir a nuestros (pocos) referentes. Tiene razón.
Entre nuestros vicios más persistentes está la incapacidad de reconocer a nuestros triunfadores y respetarlos y, sí, hasta de agradecerles. Hay en ello algo más profundo, y en el fondo bastante trágico, sobre nuestra identidad: una forma de envidia que no aspira a superarse, sino a degradar. Una envidia de la mala.
Ojalá Ochoa y el resto del equipo tengan una digna Copa del Mundo en el Estadio Azteca, uno de los recintos deportivos más hermosos del planeta.
¿Les ganaría eso, por fin, algo de respeto y aprecio? Temo la respuesta.

