El triunfo de Abelardo de la Espriella en Colombia confirma el atractivo del outsider histriónico: hombres de poca experiencia ejecutiva y mucho carisma mediático que llegan al poder prometiendo, y amenazando, con mano dura. También consolida el repudio a la ola rosa que llevó a la izquierda latinoamericana al poder hace menos de una década y ratifica la influencia trumpista sobre una región que siempre ha sido permeable al caudillismo. Lo que el triunfo de De la Espriella no confirma es la promesa de libertad y democracia para Colombia y América Latina.

Vale la pena ser claro: a juzgar pos sus protagonistas, la nueva derecha latinoamericana no aspira a desmontar los modos autoritarios de la izquierda populista. Aspira a replicarlos. En su intolerancia frente a la prensa crítica, en su reactividad ante la independencia judicial, en su pulsión por concentrar el poder ejecutivo y deshacerse de los contrapesos, la derecha que hoy se consolida parece ser tan enemiga de la libertad como las izquierdas que pretende sustituir. Donde Petro acusa al periodismo de conspirar contra el pueblo, De la Espriella ha demandado a más de cien periodistas a lo largo de su carrera como abogado. Donde la izquierda bolivariana arrasó con cortes y tribunales, De la Espriella promete acabar con la Jurisdicción Especial para la Paz y retirar a Colombia de la jurisdicción de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Donde Maduro encarceló opositores, Bukele construyó el CECOT (De la Espriella promete imitarlo).

Esta segunda ola de derecha latinoamericana es estructuralmente distinta de la primera, la de Macri, Piñera y Duque. Aquella derecha, con todos sus defectos, era institucional: aceptaba sin excepción la rotación democrática, respetaba el multilateralismo y convivía con la prensa adversa. La nueva no. La nueva se construye desde el resentimiento contra las instituciones, no desde su defensa. Habla el idioma de la guerra cultural, no el de la administración pública. Y, sobre todo, encuentra en Donald Trump un modelo aspiracional.

Hay quien dirá que se trata de una exageración, que De la Espriella todavía no gobierna, que las instituciones colombianas son robustas y que la sociedad civil resistirá. Conviene recordar lo que ya sabemos de los protagonistas de la nueva derecha latinoamericana. Sabemos lo que Bukele ha hecho con la prensa salvadoreña y con la Sala Constitucional. Sabemos cómo Milei utiliza el decreto y el insulto para gobernar contra el Congreso. Sabemos lo que Kast hizo en sus primeras semanas: militarizar la frontera, abrir un frente con la prensa, ensayar la retórica del enemigo interno. Sabemos, también, que Trump ha hecho en año y medio lo que muchos creían imposible en una democracia consolidada.

El error de la izquierda latinoamericana en la última década fue creer que el monopolio moral (y, por lo tanto, del poder) le pertenecía. Confundió la victoria electoral con un mandato refundacional autoritario, gobernó contra la mitad de su país, persiguió a sus adversarios y, en casos como el mexicano, destruyó las instituciones que prometía proteger. El castigo electoral era previsible y, en buena medida, merecido. Pero confundir ese castigo con un triunfo de la libertad es un error de lectura. Lo que está ocurriendo en América Latina no es una corrección democrática. Amenaza ser una sustitución de autoritarismos. Y los nuevos autoritarios, a diferencia de los anteriores, llegan con el respaldo entusiasta de Washington.

La pregunta, entonces, si los auténticos demócratas latinoamericanos, dispersos en un centro agotado, sabrán construir una oposición que entienda que la batalla correcta está lejos de las obsesiones ideológicas y la devoción personalista. La batalla es defender la independencia judicial, la libertad de prensa y los contrapesos institucionales para, desde ahí, ofrecer seguridad sin violentar derechos humanos y garantizar prosperidad elemental sin clientelismos populistas. Es un reto inmenso. Más vale atenderlo: es lo único que, al final, separa a una república de un régimen autoritario…de un lado y del otro.

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