La lección de los cerdos ingleses

Eso es lo que ocurre cuando un país como Inglaterra desdeña y hasta repudia la importancia concreta de la comunidad inmigrante

León Krauze
Nación 11/10/2021 03:02 Actualizada 03:05
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Hay una pesadilla en marcha en Gran Bretaña, donde la industria porcícola atraviesa por una crisis dolorosa. La escasez de carniceros ha provocado un cuello de botella de más de cien mil animales que, en circunstancias normales, serían para consumo humano. Para los productores, se trata de una situación inmanejable. “Los animales listos para el matadero, pero atrapados en las granjas requieren alimentación y alojamiento, lo que genera dificultades financieras para los criadores”, explica un reportaje de The Guardian. “Mientras tanto, los cerdos grandes que están atrasados crecen alrededor de un kilo por día, volviéndose demasiado grandes para que los manejen los mataderos”.

Desesperados, los productores ingleses han empezado a sacrificar cientos de cerdos maduros e incluso lechones para aliviar la sobrecarga. “Tengo hombres adultos llorando por teléfono por solo tener que contemplar la posibilidad de matar animales sanos”, dijo hace poco una vocera de la Asociación Porcícola inglesa. De acuerdo con The Guardian, los cerdos sacrificados terminarán convertidos en combustible o destinados a la producción de comida para animales (las leyes inglesas no permiten que animales muertos en granja deriven a consumo humano).

La crisis de los cerdos en Inglaterra ofrece lecciones muy importantes. De acuerdo con diversas estimaciones, el retraso en el procesamiento de miles de animales ha sido consecuencia directa del Brexit. Tras la entrada en vigor de la separación de Gran Bretaña de la Unión Europea, los cambios migratorios obligaron a decenas de miles de trabajadores esenciales en distintas industrias a dejar tierra inglesa para regresar a sus países de origen. El éxodo ha provocado, por ejemplo, un severo déficit de conductores de camiones de carga (se calcula que faltan al menos cien mil choferes especializados) y, evidentemente, de los carniceros que mantenían en marcha la industria porcícola inglesa. “Hubo numerosos trabajadores de la UE que se fueron a casa por Navidad que no regresaron y otros que se fueron desde entonces”, le dijo al diario Independent otra vocera de la industria. “Hemos perdido a miles de carniceros en todo el país. El impacto ha sido inmenso”.

Todo esto se veía venir. Los críticos del Brexit señalaron una y otra vez el riesgo de que, una vez fracturada la facilidad migratoria que proveía la unión con Europa, Gran Bretaña enfrentaría una escasez de la mano de obra asequible que proveían los migrantes. Los promotores del Brexit minimizaron el riesgo al asegurar que habría ingleses dispuestos a realizar los trabajos que los inmigrantes dejaran vacantes. Ahora sabemos quién tenía razón.

El asunto es relevante porque, además de la terquedad de Boris Johnson y los aislacionistas ingleses, ilustra los riesgos muy concretos que enfrenta una sociedad si cede a la pulsión nativista. El espejo evidente es Estados Unidos. La columna vertebral del discurso trumpista ha sido precisamente la fantasía de restringir radicalmente la migración y, en su versión más severa, expulsar del país a los inmigrantes indocumentados. Es una postura repugnante, con evidentes problemas morales. Pero sobre todo es una estupidez en materia económica. Si Estados Unidos de verdad expulsara en poco tiempo a parte de la comunidad inmigrante, el colapso de diversas industrias sería aún más grave que lo que vemos en Gran Bretaña. Desde la construcción a la industria cárnica, el número de ramos que dependen de la mano de obra inmigrante es enorme. Los estadounidenses harían bien en estudiar la catástrofe inglesa. Eso es lo que ocurre cuando un país desdeña y hasta repudia la importancia concreta de la comunidad inmigrante. El nativismo podrá funcionar como retórica siniestra, pero en la práctica es una receta infalible para el colapso. Esperemos que Estados Unidos nunca lo compruebe en carne propia. 
 

@LeonKrauze

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