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La indignidad de defender a Salgado Macedonio

León Krauze

El presidente y su partido han cometido errores, pero nada puede compararse al aval a Salgado Macedonio

La escandalosa candidatura de Félix Salgado Macedonio al gobierno de Guerrero me ha traído a la memoria un encuentro que tuve hace ya un par de años con una mujer en un albergue para migrantes y desplazados en Tijuana. Originaria de un pueblo cercano a Acapulco, la mujer había llegado al albergue escapando del padre de sus hijos, un hombre violento que, consumido por celos infundados, había abusado de ella y había intentado matarla. Retomo la narración que hice aquí mismo en el 2019.

“Su martirio había comenzado cuando, obligada por las circunstancias, la mujer había conseguido un empleo en un hotel en Acapulco. El trabajo le permitió contribuir al gasto de la casa y la hacía sentirse útil. Su esposo no reaccionó igual. Con la mente nublada por la bebida, comenzó a acusarla de promiscuidades inexistentes. La confrontó, la maltrató y la amenazó. Paranoico, vivía convencido de que su mujer lo engañaba. Comenzó a revisarle el teléfono celular. Llamaba a su trabajo y la esperaba por las noches para revisarla, interrogarla y hasta olisquearla. Nunca encontró nada, pero le importó poco. Cada vez más ebrio y abrumado por los celos, la golpeó varias veces.

La mujer aguantó todo lo que pudo hasta que una tarde recibió una llamada al trabajo. Una amiga del pueblo le avisaba que su marido estaba esperándola pistola en mano. “Te va a matar. No vengas”, le aconsejó. La mujer llamó a un familiar y, haciendo milagros, logró despistar al hombre. Entró a su casa, hizo un par de maletas y se llevó a sus hijos. En Acapulco subió a un camión con rumbo a Tijuana. Cuando la encontré en el albergue, estaba esperanzada. Quería buscar refugio en Estados Unidos para darle a sus hijos una vida sin violencia. Mientras esperaba la resolución del trámite, se quedaba resguardada en el albergue. “No quiero salir mucho. Me da miedo que se aparezca por aquí. Creo que alguien ya le dijo que estamos acá”, me dijo asustada, la amenaza de la agresión aún presente, como una sentencia inescapable.

En aquella breve crónica olvidé mencionar una parte de la historia. En algún momento de nuestra conversación le pregunté por qué no había ido con las autoridades para buscar protección. Sentada en el piso de la recámara que le habían asignado en el albergue, rodeada de sus hijos, que habían optado por respaldarla frente a la furia irracional del padre, la mujer me dijo que mi pregunta era ingenua. No hay manera, me confesó, de que un hombre abusivo enfrente las consecuencias de sus actos. Al menos no en el Guerrero que ella conocía. Había dos caminos: escapar o morir. El resguardo de la autoridad le resultaba impensable.

¿Qué pensará la víctima que conocí de la candidatura de Félix Salgado Macedonio? ¿Cómo explicarle que un hombre que encarna la violencia de género y la impunidad de la que ella escapó, y que hasta el día en que conversamos en Tijuana la perseguía como una amenaza constante, está en camino de gobernar el estado de Guerrero? ¿Qué decirle ante la indolencia y el hartazgo cínico del presidente de México, que ha autorizado la candidatura de Salgado Macedonio? ¿Qué se le dice a una mujer que sufrió abusos constantes, que fue golpeada, pateada y violada y estuvo a punto de morir, cuando ocurre un atropello como el que ha sucedido con Morena en Guerrero? Nada. No se le podría explicar nada porque lo que ha ocurrido no tiene justificación alguna.

El presidente de México y el nuevo partido hegemónico han cometido errores y han incurrido en atropellos a la vida democrática. Han atentado contra las instituciones y las libertades. Pero nada, sugiero, puede compararse al evidente simbolismo del aval a Salgado Macedonio. El aval comienza con el presidente de México, que no advierte (o finge que no advierte) la contradicción moral en la que incurre. Pero la validación de Salgado Macedonio no termina con López Obrador. La conclusión, el broche de oro, corresponde a las voces que, dentro del lopezobradorismo han preferido el silencio o, peor aún, han encontrado una manera de justificar la miasma. ¿Qué piensan, por ejemplo, las mujeres progresistas que, en las horas posteriores al exabrupto del “ya, chole”, prefirieron buscar alegatos para exculpar la imposición de un hombre acusado de violencia de género y abuso sexual antes que tomar de la mano a las víctimas, cerrando filas con las mujeres que, como aquella valiente madre que conocí mientras huía de la muerte, tratan de encontrar la vida en un México violento, misógino y criminal?

¿Qué tienen en el alma? Como el presidente de México, solo la búsqueda del poder. Nada más. De progresistas, nada. De compasivas, aún menos. Qué vergüenza...

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