Estados Unidos

y México –y sus presidentes– siguen caminos divergentes. Aunque la inflación y la crisis en la cadena de suministros preocupan, la economía estadounidense avanza. En su primer año, Biden ha sumado más empleos que cualquier otro gobierno desde finales de los años treinta. Acaba de lograr la aprobación del mayor paquete de inversión en infraestructura de las últimas décadas. Es posible que el Senado demócrata al final respalde el plan de estímulo social de Biden, que implicaría el más ambicioso logro de la agenda progresista desde la reforma de salud de Obama .

Aun así, la popularidad de Biden no repunta: solo 43% de los estadounidenses lo aprueba (cinco puntos más de lo que registraba Trump en el mismo momento de su presidencia, pobre consuelo). Lo cierto es que hay una disonancia entre los logros de Joe Biden como presidente y su popularidad. Si los demócratas no logran resolverla, probablemente perderán las elecciones legislativas del 2022 y, quizá, la presidencia en el 2024, tal vez de nuevo frente a Donald Trump.

En México ocurre lo opuesto.

La evidencia sugiere que Andrés Manuel López Obrador tiene poco que presumir. Ha ofrecido resultados pobres en temas claramente medibles, como seguridad, economía, corrupción, salud pública, educación, cuidado del medio ambiente y lucha contra la pobreza. Los resultados tampoco son alentadores en otros temas, si se quiere más subjetivos: protección a la libertad de expresión, cuidado de los órganos reguladores y las instituciones autónomas, respeto a la academia y la crítica. La lista es larga.

Aun así, la popularidad de López Obrador se mantiene constante.

Estados Unidos no quisiera la suerte de México, pero Biden sin duda quisiera la suerte de López Obrador.

¿Cómo explicarlo? ¿Por qué un presidente exitoso puede ser impopular y un presidente mediocre puede gozar de tanta aceptación?

Hay varias hipótesis. En Estados Unidos poco a poco gana peso la idea de que Biden no ha sabido contar la historia de su presidencia y sus logros. En estos tiempos, parece que importa igual la historia que se narra sobre los hechos que los hechos mismos. Es posible que, en algunos casos, la narrativa importe incluso más. A diferencia de Trump, que hablaba hasta por los codos y establecía agenda y tono, Biden es un político discreto, que cree más en la importancia de la negociación en los pasillos del poder que en la comunicación de un proyecto de país hacia la gente. Es un presidente invisible en tiempos que exigen visibilidad.

López Obrador es lo opuesto.

México no ha tenido un presidente más visible. Desde el primer día, no ha hecho otra cosa más que contar la historia de su gobierno, la historia que a él conviene para establecer la percepción que él requiere. Desestima los hechos porque le tienen sin cuidado, no le sirven. A través de la mañanera, el presidente presenta la idea de un país que no existe en la práctica, pero sí en la imaginación presidencial. Lo hace, además, desde el púlpito de Palacio, rodeado de su equipo de comunicación. No es casualidad que casi no dé entrevistas uno a uno, como debería ocurrir si lo que de verdad quisiera fuera un intercambio periodístico revelador: la mañanera no fue creada para informar, sino para imponer la historia del México de López Obrador. Esa versión de México es la única que conoce buena parte del país, capturado diariamente en la narrativa del presidente. En ese México, la estrategia contra el virus ha sido la correcta, la corrupción se extingue y la violencia y la pobreza poco a poco se terminan. Por supuesto: es un país que no existe y, en algunos casos, es diametralmente opuesto al México real. Pero es la idea utópica que le conviene imponer. Y el presidente la vende diario, con impunidad, sin réplica simétrica o equivalente. ¿De verdad sorprende que siga siendo tan popular?

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