El adolescente y su AR-15

Ese pedazo de metal siniestro ha robado muchas vidas

León Krauze
Nación 22/11/2021 03:02 Actualizada 03:05
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El 25 de agosto del año pasado, durante las protestas en Kenosha, Wisconsin, por la muerte de Jacob Blake, un hombre afroamericano, a manos de la policía local, un adolescente de 17 años llamado Kyle Rittenhouse mató a dos personas en plena calle. Según dijo, Rittenhouse había viajado desde Illinois para proteger una distribuidora de autos en Kenosha y, aunque carecía de entrenamiento médico formal, ofrecer primeros auxilios a potenciales heridos. Rittenhouse llegó a Kenosha armado con un rifle semiautomático similar al AR-15, un arma de guerra. En algún momento de la noche, disparó contra Joseph Rosenbaum, un hombre que, agitado, lo había confrontado, tratando de quitarle el arma aventándole una bolsa con artículos de limpieza. Rittenhouse lo mató de un balazo en la cabeza y se alejó de la escena. Un grupo de manifestantes, que lo había identificado como responsable de disparar contra Rosenbaum, lo persiguió. Anthony Huber trató de golpear a Rittenhouse con una patineta. El adolescente respondió disparándole en el pecho. Lo mató. Rittenhouse también disparó contra Gaige Grosskreutz, que le apuntó (“sin intención”, de acuerdo con Grosskreutz) con una pistola. La bala alcanzó a Grosskreutz en el brazo derecho. Salvó la vida de milagro.

Rittenhouse fue detenido tiempo después. 

Su juicio, que concluyó el viernes pasado con la exoneración plena de Rittenhouse, ha acaparado la atención de Estados Unidos. El proceso fue polémico desde el principio. De acuerdo con expertos legales, la conducta del juez del caso fue, por decir lo menos, inadecuada. Dos ejemplos: prohibió que a las víctimas de Rittenhouse se les llamara “víctimas” y pidió un aplauso para uno de los testigos de la defensa, un veterano de guerra, porque su testimonio coincidió precisamente con el Día de los Veteranos en EU. 

 Aunque el juez no actuó de manera equitativa, el resultado del juicio se explica más por la peculiarísima interpretación de la defensa propia en Wisconsin. Rittenhouse, que llevaba un arma de guerra en las manos, dijo sentirse suficientemente amenazado por la hostilidad de quienes lo confrontaron como para justificar el asesinato de dos personas. El fiscal trató de explicar por qué el argumento es irracional. “No puedes reclamar defensa propia por un peligro que tú mismo creas”, dijo. El jurado no estuvo de acuerdo. Aunque Rittenhouse fue quien llevó un AR-15 a Kenosha —siendo, en efecto, él mismo el origen del mayor peligro en la situación— la ley en Wisconsin, y la interpretación del jurado, le dieron el beneficio de la duda. 

Más allá del debate sobre la defensa propia, el desenlace ilustra claramente la gravedad de la enfermedad que representa la cultura de las armas en Estados Unidos. Porque algo está más allá de cualquier discusión: si Kyle Rittenhouse no hubiera tenido un rifle semiautomático, creado específicamente para situaciones de conflicto armado (es decir: para la caza de seres humanos), el resultado de su presencia esa noche en Wisconsin habría sido completamente distinto.

Lo hemos dicho antes en función de otros episodios similares en EU: civiles adolescentes insensatos con ganas de hacerla de miliciano hay en todos lados; adolescentes así con acceso a un arma como el AR-15, solo (o casi) en Estados Unidos. La tragedia múltiple de Rittenhouse y los hombres que asesinó e hirió tienen un elemento en común: ese pedazo de metal siniestro que ha robado demasiadas vidas, en Estados Unidos y, claro, en México. Mientras Estados Unidos siga permitiendo la venta y tenencia de armas de asalto, casos como éste se repetirán una y otra vez. Y, tras la anuencia de la justicia, todavía más. Se trata de una tragedia que presagia muchas más. 

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