Hace diez años entrevisté a Bernie Sanders en Los Ángeles. En ese momento había convertido una candidatura casi anecdótica en una ola de enorme convocatoria, sobre todo entre los jóvenes. Su irrupción complicó seriamente el camino de Hillary Clinton, que tuvo que pelear hasta el final la nominación demócrata para enfrentar a Donald Trump. Cuando nos encontramos, Sanders acababa de encabezar un mitin rodeado de cientos de jóvenes que aclamaban su mensaje.

Yo lo había escuchado semanas antes, en un debate demócrata en Miami para Univision, defender a la dictadura cubana. Quise preguntarle a qué se refería. También tenía previsto preguntarle por la dictadura venezolana. La entrevista fue incómoda. Sanders no esperaba ese tipo de cuestionamientos y se negó una y otra vez a explicar sus posiciones, claramente favorables a ambos gobiernos autoritarios. Me llamó la atención su irritación y su impaciencia, típicas de quien tiene más certezas que ánimo de contraste.

Ha pasado una década. Y Sanders no ha cambiado.

En una entrevista reciente con El País, Bernie Sanders afirmó que América Latina tiene derecho a decidir su propio futuro sin la injerencia de Estados Unidos. Calificó la política de Washington hacia Venezuela como “imperialismo a la antigua” y recordó —con razón— la larga historia de intervenciones, golpes y tutelajes estadounidenses en la región. Es una crítica legítima.

Pero ese principio, formulado así, queda incompleto. Porque si los pueblos tienen derecho a decidir su destino, entonces hay que decirlo todo: en Cuba y en Venezuela ese derecho fue arrebatado desde dentro, por regímenes autoritarios que gobiernan sin elecciones libres, sin pluralismo y sin posibilidad real de alternancia.

Ni Sanders ni muchos de sus colegas consideran pertinente subrayar un hecho elemental: la ausencia absoluta de libertades en Cuba y Venezuela. Se habla poco de los presos políticos, de la tortura documentada por organismos internacionales, de la persecución sistemática contra periodistas, artistas, sindicalistas y opositores, y del uso del aparato del Estado para castigar la disidencia y sembrar el miedo. Ese silencio no es neutro. Invisibiliza una larga lista de abusos que han marcado generaciones enteras y que han derivado en éxodos masivos, prolongados y profundamente dolorosos. Cubanos y venezolanos no abandonan sus países por propaganda extranjera ni por capricho: huyen de sistemas que les negaron la posibilidad básica de elegir, expresarse y organizarse sin arriesgar la libertad o la vida.

Durante años, esta ambigüedad se explicó por una generación formada en la Guerra Fría, todavía fascinada con el imaginario socialista del siglo XX. Pero hoy ya no se trata solo de Sanders. Voces más jóvenes y visibles de la izquierda estadounidense, como Alexandria Ocasio-Cortez o Zohran Mamdani, también evitan condenar de manera clara y sostenida a los regímenes de La Habana y Caracas.

Una izquierda auténticamente democrática debería poder sostener dos ideas al mismo tiempo, sin titubeos: que Washington no tiene derecho a imponer gobiernos ni a decidir el rumbo de América Latina; y que ningún gobierno, de izquierda o de derecha, tiene derecho a secuestrar indefinidamente el poder en nombre del pueblo. Es coherencia esencial. Pero improbable, en el caso de Sanders y de muchos más.

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