Para quienes se toman la molestia de explorar contenidos fuera de su zona habitual, asomarse a burbujas ajenas revela un panorama que el algoritmo, de forma natural, tiende a ocultar. Es fundamental escuchar y leer a quienes sostienen posturas opuestas, no para validarlas necesariamente, pero sí para forjar opiniones menos sesgadas y captar la amplitud de los acontecimientos. En ese ejercicio, emergen voces de la extrema derecha que insisten en narrativas sobre las mujeres: influencers que reducen las quejas por acoso a supuestas “feas y gordas”, o que decretan que el éxito profesional las hace “indeseables” para los hombres. A ellos, en el panorama público se suman figuras como la senadora Lilly Téllez, quien ha calificado el aborto como “la mayor violación a los derechos humanos” y a las mujeres que lo practican como “criminales”, o Eduardo Verástegui, que promete revertir derechos reproductivos. No faltan los ecos del régimen trumpiano, con aliados como J.D. Vance apoyando bans nacionales al aborto; Pam Bondi, con historial contra anticonceptivos; o Marjorie Dannenfelser, impulsora de desfinanciar clínicas reproductivas. Todos enarbolan un “pro-vida” que, en la práctica, ignora y desprecia las vidas reales de las mujeres.

Estas posturas, envueltas en retórica moralista, se desmoronan ante la evidencia científica y los datos. Por ejemplo, el trabajo de la neurocientífica Sarah McKay, de la Universidad de Oxford y autora de The Women’s Brain Book, quien desmitifica la idea de un cerebro femenino inherentemente “emocional” o frágil y lo presenta, en cambio, como resiliente y adaptable, moldeado por hormonas que pueden potenciar enfoque y energía. En el podcast de Mel Robbins, McKay citó un estudio de 2023 publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), “Country-level gender inequality is associated with structural differences in the brains of women and men”, de Zugman et al., que analizó casi ocho mil escáneres cerebrales en países con amplias brechas de género —como India o Brasil— frente a entornos más equitativos —como Finlandia—. El hallazgo central es contundente: en contextos de mayor desigualdad, los cerebros de mujeres y hombres divergen más, no por una biología esencial, sino por el impacto del estrés crónico asociado a brechas en educación, oportunidades y violencia cotidiana. Ese mismo estrés, documentan también revisiones del National Institutes of Health (NIH), agrava vulnerabilidades en salud mental y se vincula con una mayor incidencia de enfermedades autoinmunes en mujeres —hasta cuatro veces más que en hombres—, un costo estructural y humano que estos “cruzados” prefieren ignorar.

Este estrés crónico —que el estudio de PNAS asocia directamente con desigualdades estructurales— se intensifica en contextos donde se niegan derechos reproductivos o se minimiza la violencia contra las mujeres. Políticas antiaborto, como las defendidas por Verástegui, imponen embarazos no deseados que elevan niveles de ansiedad, depresión y trauma, según evidencia del Turnaway Study y revisiones de la American Psychological Association. De igual modo, discursos que culpan a las “feas y gordas” por quejarse de acoso perpetúan una violencia simbólica que silencia a las víctimas, genera estrés persistente y contribuye al mismo ciclo de daño biológico y mental que afecta desproporcionadamente a las mujeres en sociedades desiguales.

Estas narrativas se traducen en cifras alarmantes que desmienten la ironía de quienes minimizan el acoso o el éxito femenino. El “señoro” que afirma que las guapas no se quejan de acoso ignora que el 70.1% de las mujeres han sufrido algún tipo de violencia en su vida, según el INEGI. Otro pontifica que las profesionales exitosas terminan “solas y tristes” en su consultorio; quizás no reciba de pacientes a millones que cargan el triple de trabajo no remunerado en el hogar y los cuidados, mientras ganan 19.9% menos que los hombres y subsisten con salarios mínimos en el 47.8% de los casos. Mucho menos entienden la dinámica de los feminicidios: alrededor del 60-69% de estos crímenes en las Américas son cometidos por parejas o exparejas, de acuerdo con ONU Mujeres y la CEPAL, con patrones consistentes en México según el propio INEGI, y suelen escalar cuando la mujer intenta terminar la relación.

Lo femenino y lo masculino no son binarios opuestos, sino espectros moldeados por el entorno. Como explica McKay, las hormonas no “rompen” el cerebro; el estrés y la violencia sí. El estudio de PNAS lo confirma: la desigualdad reescribe la biología. ¿Mujeres exitosas “indeseables”? El éxito femenino impulsa economías enteras. En cuanto al aborto, la liberalización en la CDMX en 2007 redujo la morbilidad materna en 50%, beneficiando especialmente a las mujeres más vulnerables. Y prohibir el aborto no reduce el número de abortos.

En un mundo donde argumentos pseudocientíficos acumulan ecos en redes sociales, la reflexión es urgente: priorizar evidencia sobre ideología reduce violencia y fomenta equidad. Las censuras selectivas en medios públicos, como el reciente caso de la entrevista de Verástegui no transmitida, alimentan la polarización al limitar el debate informado. Mientras tanto, las redes seguirán saturadas de agravios que solo el rigor factual puede disipar, abriendo la posibilidad de una convivencia más informada y menos dividida.

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