Enero de 2026 ha traído consigo un desafío mayúsculo para la zona centro-sur de Chile. La intensidad de los incendios forestales ha puesto a prueba la fortaleza de las familias y la integridad de su inmenso patrimonio natural. Ante la emergencia, la respuesta de México surgió como un reflejo inmediato, fruto de una relación bilateral que entiende la solidaridad como un deber ineludible y urgente.

La instrucción de la Presidenta de México llegó con claridad y celeridad absolutas: disponer de todos los recursos humanos y técnicos necesarios para apoyar al pueblo chileno. Gracias a la histórica cooperación con la que cuentan nuestras naciones se operó con eficiencia notable. Acciones vitales para trasladar con agilidad a nuestro contingente desde México hasta Concepción, permitiendo su inserción inmediata en el epicentro de las operaciones.

En tiempo récord, esos 145 combatientes mexicanos ya se encuentran desplegados. Más allá de la estadística, vemos en ellos a hombres y mujeres con una vocación de servicio ejemplar. En los valles del Biobío y zonas aledañas se escucha estos días el acento mexicano mezclado con el chileno. Vemos a nuestros brigadistas compartir el agua y el pan con los lugareños tras una jornada extenuante. Ese intercambio simple, ese momento de descanso compartido entre el humo, vale más que cualquier tratado firmado en un despacho. Ahí, sobre el terreno quemado, se renueva el pacto de solidaridad entre nuestros pueblos.

La raíz de esta hermandad profunda se encuentra en el terremoto de Chillán de 1939, tragedia que impulsó la creación de las Escuelas México en Chile, transformando la ayuda humanitaria en un legado educativo permanente. Esta vocación tiene una precursora esencial: Gabriela Mistral. La maestra de América, quien sembró escuelas en los campos mexicanos invitada por José Vasconcelos, nos enseñó que la verdadera diplomacia se hace con las manos en la tiza y los pies en la tierra. Hoy, esa misma filosofía guía a quienes cambian el libro por la pala para proteger la tierra que ella tanto amó.

Ese espíritu constructivo se reafirmó tras el cataclismo de 1960. En medio de la reconstrucción del sur, México ofrendó a la Universidad de Concepción la Casa del Arte y el emblemático mural "Presencia de América Latina", símbolos vivos de una cooperación estructural diseñada para perdurar. La historia continuó su curso con gestos de reciprocidad ineludibles: la acogida mexicana al exilio chileno a partir de 1973 halló su justa respuesta en la valentía de los rescatistas chilenos que trabajaron entre los escombros de la Ciudad de México tras los sismos de 1985 y 2017.

Hoy, esa memoria de apoyo mutuo se actualiza en el combate contra el fuego y amplía sus horizontes. Nuestra misión humanitaria posee un carácter integral: al esfuerzo de los brigadistas se suma la solidaridad de las empresas mexicanas radicadas en Chile, que distribuyen insumos y productos de primera necesidad para apoyar directamente a las familias afectadas. Entendemos, asimismo, que estos incendios son síntomas de una crisis climática global que exige respuestas regionales unificadas. México y Chile lideran hoy una "diplomacia del medio ambiente", donde la cooperación en la emergencia funciona como el preámbulo de una estrategia conjunta para la adaptación y la defensa de nuestros ecosistemas.

México permanece atento y activo. Nuestros compatriotas siguen en terreno, combatiendo el fuego con profesionalismo y entrega. Su labor lleva implícito el mensaje de todo un país: Chile cuenta con nosotros. La cercanía entre nuestras naciones trasciende la geografía; se cimenta en hechos concretos, en la rapidez de la mano tendida y en la certeza de que, ante la prueba del fuego y los desafíos del futuro, caminamos juntos.

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