La historia de nuestra América Latina ha sido, durante demasiado tiempo, una crónica de capitales brillantes y provincias olvidadas. La diplomacia tradicional solía moverse en un circuito cerrado, desconectada de las venas abiertas de nuestros territorios. Sin embargo, el mandato que hemos recibido esta semana en la 37ª Reunión de Titulares de Embajadas y Consulados (REC 2026) marca un punto de inflexión definitivo: la política exterior debe dejar de ser un ejercicio de élites para convertirse en una herramienta de transformación social tangible.

En el encuentro, la Presidenta Claudia Sheinbaum fue contundente al delinear la hoja de ruta, recordándonos que "México sigue el camino trazado por la transformación". Su instrucción no admite ambigüedades: debemos proyectar a un México moderno, de derechos y libertades, pero, sobre todo, honrar el principio de que "la lealtad de nuestra política exterior es con el pueblo, donde quiera que esté".

Bajo esta premisa del Humanismo Mexicano, la integración latinoamericana no puede sustentarse únicamente en cifras macroeconómicas. Como sostuvo la Presidenta, "el bienestar social como eje central del desarrollo, el crecimiento económico que no reduzca desigualdades ni pobreza, no puede considerarse verdadero progreso” la integración, es bienestar". Y el bienestar real no ocurre en los pasillos de los ministerios, sino en el terreno.

Esto no es una teoría. Durante 2025, desde la Embajada de México en Chile, decidimos romper la inercia del centralismo y llevar la diplomacia descentralizada a la práctica. Salimos de Santiago para construir puentes con zonas que, aunque periféricas en el mapa, son centrales en riqueza. Fuimos testigos de que, cuando se descentraliza la acción diplomática, se abren oportunidades inéditas. En 2025 demostramos que las riquezas naturales, minerales y agrícolas no necesitan intermediarios burocráticos para dialogar con el mundo; necesitan desarrollo científico y socios estratégicos.

Esa experiencia exitosa de 2025 nos permite proyectar un 2026 vibrante en materia de ciencia, cooperación y tecnología. Los puentes que construimos el año pasado hoy son carreteras para el intercambio de conocimiento en gestión hídrica, energías renovables y desarrollo agroindustrial. La riqueza de las zonas apartadas de Chile tiene ahora un canal directo de diálogo con la transformación mexicana.

Esta conexión es vital para alimentar los 11 ejes del motor de desarrollo que la Presidenta Sheinbaum ha impulsado en México. Nuestros corredores industriales y polos de bienestar —desde el Plan Sonora hasta el Corredor Interoceánico— requieren de la cooperación técnica y el intercambio de experiencias que solo se encuentran en las regiones de Chile que enfrentan desafíos similares. Al descentralizar la diplomacia, estamos conectando los polos de desarrollo de México con las capacidades productivas de las regiones chilenas, creando una sinergia virtuosa que potenciará nuestras economías.

La Presidenta Sheinbaum fue enfática: "Buscamos una relación de cooperación y coordinación, pero no de subordinación". Este principio de soberanía aplica también al desarrollo territorial; nuestras provincias no deben estar subordinadas al olvido.

Para este 2026, la meta es clara: que la hermandad entre México y Chile tenga "olor a tierra". Que la política exterior sirva para cerrar brechas, potenciar la tecnología desde lo local y demostrar que, cuando la diplomacia baja del pedestal y camina con la gente, la integración regional deja de ser un discurso para convertirse en prosperidad compartida.

Embajadora de México en Chile

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