Saltarse a todas las mujeres

Laura Manzo

Fue en 2014 cuando Beyoncé, durante los MTV Video Music Awards, interpretó “Flawless” frente a una enorme y ahora legendaria pantalla que proyectaba la palabra “feminista” en mayúsculas, dejando su silueta a contraluz. La cantante utilizó también un extracto del audio de la Ted Talk de Chamamanda Ngozi Aduchie, “Todos deberíamos ser feministas”. 

Unos días después, la revista TIME publicaba en una nota un recordatorio de que durante dos décadas anteriores los patrones asociados a este término habían sido en su inmensa mayoría “militante”, “radical” y “odia-hombres”. La reportera de TIME, Jessica Bennet, resaltó que tras aquel evento musical televisado, la asociación número uno para el término “feminista” en Twitter se relacionaba entonces con la cantante de 33 años. El mundo empezaba a cambiar.  

Si bien Beyoncé no es en la historia la única luchadora que expresó su postura, sí fue el personaje del mundo pop con alcances masivos globales que ayudó la década pasada a empujar la conversación y el entendimiento del término y de la lucha por la igualdad de género a otros niveles.  

Ese mismo año fue el primero en el que Twitter comenzó a registrar el tema y sus hashtags, y aquel domingo de agosto en que se llevaron a cabo los MTV Video Music Awards, se posicionó como el sexto con mayor volumen de conversaciones sobre feminismo. En el top de la lista se ubicaba el #YesAllWomen, que surgió a raíz del tiroteo del joven de 22 años, Elliot Rodger en California, y en el que siete personas, incluyéndolo a él, murieron. 

Fue a partir de ese año que las redes sociales se volvieron un aliado y un potenciador de la búsqueda de la igualdad, pero fue hasta 2017 cuando surgió el #MeToo. Aunque la frase inicialmente había sido utilizada en 2006 por la activista estadounidense Tarana Burke, con mujeres abusadas sexualmente, fue hasta 2017 cuando se volvió viral, cuando en respuesta a las acusaciones contra Harvey Weinstein, publicadas por The New York Times, la actriz Alyssa Milano publicó un tuit invitando a otras mujeres abusadas a publicar una respuesta de "Yo también". El mundo cambió. 

Ante la poca efectividad de los canales legales establecidos, las mujeres encontraron micrófono y eco para poder liberarse, hablar, compartir o denunciar a sus agresores. El movimiento cruzó fronteras geográficas, raciales, económicas y de idioma. En un año, el #MeToo se había repetido más de 19 millones de veces después del tuit de Milano, según un estudio del Pew Research Center. En un año, el #MeToo, según lo reportado por The New York Times, en Estados Unidos 201 hombres ejecutivos de alto nivel habían sido despedidos o habían renunciado después de las denuncias contra ellos. 

El #MeToo es el punto de partida más relevante y prácticamente con el que la llamada Cuarta Ola Feminista comenzó a tomar fuerza y a llamar la atención del mundo que necesitaba parar el abuso y el acoso sobre las mujeres perpetrado por años, bajo una normalidad no solo injusta sino despreciable.  

El #MeToo, esa revolución amplificada en cientos de sociedades e industrias, hoy se entiende como el pilar que nos hizo despertar del patriarcado. Esa revolución a la que se han sumado millones de mujeres desde las ciudades más cosmopolitas hasta pueblos lejanos en las montañas, y desde el dolor, la vergüenza, la desgracia, vulnerándose y empoderándose a la vez, por esa valentía de alzar la voz y decir “a mí también me tocaron”, “a mí también me abusaron”, “a mí también me violaron”, es algo que ninguna democracia puede hoy pasar por alto. La gravedad registrada y denunciada es tal, que es imposible ignorarla.  

Que el presidente de un país azotado por la violencia hacia las mujeres, no le confiera un peso moral a un tema de esta índole, nos habla nuevamente de sus prioridades, aquellas que tienen que ver con sus relaciones y favores políticos, llenos de malas maniobras, llenos de pus que pudre su paso por Palacio Nacional, llenos de cinismo y llenos de indiferencia.  

Lo extraño es que, aunque no tenga hijas mujeres, el Presidente López Obrador tiene una esposa. López Obrador tiene una esposa opinadora, activa, reactiva que sale a defender a su hijo frente a la burla de un youtubero, pero parece que no salta cuando el presidente se salta a todas las mujeres de este país. López Obrador no sabe quizás que también se está saltando a su propia mujer.  

Lo extraño es también que nuevamente las mujeres de Morena han fallado al saltarse a sí mismas por acompañar las declaraciones de su líder. Malú Micher, quien es la presidenta de la Comisión de Igualdad en el Senado, se salta las denuncias recargándose en la presunción de inocencia a falta de denuncias formales, y se salta a sí misma como mujer. Vale la presunción de inocencia, cierto, pero la desgracia es que sabemos que contadas veces ha valido la denuncia formal de una mujer en instancias públicas cuando se trata de abuso sexual, sino es que termina en otro abuso, a veces también sexual.  

Mientras el mundo aprendió a retirar de sus cargos por más poderosos que fueran a los hombres acusados por acoso y violencia sexual, en este sexenio por lo pronto, nuestro país propone cínicamente de representante a un presunto acosador. La propuesta de Pedro Salmerón como embajador de México en Panamá es un acto humillante que minimiza al movimiento y la humanidad, que minimiza la voz de no solo las mujeres que marchan en marzo, las que luchan todos los días buscando cambiar las políticas públicas, las que explotan en redes sociales, las que trabajan lo mismo que un hombre pero ganan menos, las que además de trabajar, cuidan a sus hijos, a sus padres, a sus tíos, las que sufren violencia y no lo dicen, las que no la sufren pero ven sufrir a otras mujeres, las que desaparecen, las que mueren. Pero en México, un acosador es premiado.   

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